Comité Editorial

4 de agosto de 2013

Semana del 5 al 11 de Agosto de 2013.

A finales del XIX, España era un oasis de estabilidad política. El siglo, que principó con la invasión napoleónica y fue atravesado por revoluciones, pronunciamientos militares e idas y venidas de reyes, caminaba sin sobresaltos desde 1875, merced a un ingenioso sistema político, el turnismo, donde el Partido Liberal sustituía en el gobierno al Conservador y vuelta a empezar, colmando las diferentes sensibilidades de una población que acudía a votar bien por obligación, bien por puro afán de teatro: comprendían, desde el primero hasta el último, que las elecciones estaban amañadas para cumplir con la obligación que tan certeramente resumió el rey Alfonso XII a su esposa: "Cristinita, guarda el coño y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas". Consejo a pie de tumba que bien podría ir dirigido al resto de la nación.

Tan estable sistema fue alumbrado por Antonio Cánovas del Castillo, después de que el general Martínez Campos devolviera el trono a los borbones mediante el expeditivo método del golpe de estado. Básicamente, consistía en la alternancia de dos partidos aparentemente opuestos que coincidían en lo fundamental: la defensa de la monarquía, el respeto a la Constitución ultraconservadora de 1876, el Estado centralizado, y el poder en manos de un puñado de notables que se repartían obras, servicios públicos y beneficios, ya presidiera el gobierno el conservador de Cánovas o el liberal de Sagasta.

Para no complicar mucho el tema, los resultados electorales se cocinaban directamente en el Ministerio de Gobernación y desde ahí se enviaban a los gobernadores civiles y los caciques locales, que cumplían con ellos a base de falsificar censos, amañar actas, comprar votos y amenazar a obreros y campesinos con el despido y la falta de pan. La armonía era casi sobrenatural: un ochenta por ciento de la población ni siquiera tenía que molestarse en acudir a las urnas, mientras que algún que otro cadáver era resucitado a la vida civil para ejercer su derecho a voto.

Sin embargo, aquel predecible y calmo vaivén tenía sus enemigos: republicanos irredentos, anticlericales declarados, socialistas, independentistas de acá y acullá y los aún más chinches anarquistas, que pretendían tomar el cielo por asalto, y a los que Cánovas se veía obligado a aleccionar sobre las innumerables ventajas de mantener los pies en el suelo. Para ello, no dudó en emplear las detención en masa, la tortura en masa y el asesinato en masa. Al fin y al cabo, debió pensar el hombre, por más masa que mates siempre queda masa.

Así las cosas, el 8 de Agosto de 1897, en mitad de su séptimo mandato presidencial, se relajaba en un balneario —metáfora, de la España que había logrado crear—, cuando un anarquista italiano la emprendió a tiros con él. .

De esto hace la tira de años, pero hay quien asegura que en los pueblos y ciudades de España, a altas horas de la madrugada, si uno agudiza el oído puede llegar a escuchar un eco fantasmal que repite: "Cristiniiiiita… Guarda el coñoooo… De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Caaaanovas". Igual que, a las mismas horas, no falta quien invoque al anarquista vengador que nos libre por fin de tanto miserable.


En ocasiones un breve fogonazo puede hacer saltar por los aires incluso la más firme de las construcciones. Julio Cortazar, Rony Vásquez Guevara y Luis Felipe Hernández nos ilustrarán sobre la forma de hacerlo durante esta semana.

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