Francisco conoce por los periódicos del 20 de abril de 1962 que han ejecutado a Julián Grimau. Los mismos periódicos por los que supo que Grimau no era un comunista cualquiera: fue policía cuando la guerra; estuvo encargado de desenmascarar a los fascistas infiltrados en las fuerzas de la República.
Lo habían torturado y arrojado por una ventana. Lo habían juzgado y ejecutado ya en agonía. Francisco sabía bien que, 23 años después de ganar la guerra, conservaban el odio y la sed de muerte. Sabía de las electrocucciones y los golpes. De las ejecuciones ficticias y las asfixias de verdad. Sabía que a quien no soltaba prenda le condenaban a muerte. Lo había soportado. En más de una ocasión.
Pero la última vez que le detuvieron, se casaba la niña. No podía arruinarle ese día desde la cárcel o el ataúd. Perdió pie. Traicionó a su enlace. Reveló el lugar y la hora de la reunión. Francisco no sabía cómo se llamaba ni había visto nunca el rostro que le miraba desde la portada del periódico. El rostro que ya no le dejaría de mirar.
Historias pequeñas que contienen el total de un tiempo y un lugar. Como los microrrelatos de Kike Parra y Alejandro Badillo. O los de Marcial Pérez, cuya charla recogeremos esta semana. O los que recoge la compilación, Cuentos Pequeños, GRANDES LECTORES, recoplida por Agustín Cadena y Amélie Olaiz, que pretende acercar al público infantil al mundo de la minificción.
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