«La mejor poesía que existe es de noventa y seis grados. La absoluta sería de cien, pero en cuanto entra en contacto con el lenguaje, baja. Yo he destilado toneladas de mosto sentimental y cultural para sacar unas leves esencias, quintarlas, hacer quintaesencias» - Juan José Arreola, en La palabra educación.Esta reflexión de Arreola creo que no sólo es aplicable a la poesía, sino a cualquier texto. ¿A cuantos de nosotros se le ha ocurrido una idea brillante, de esas que estremecen la piel, y al momento de plasmarla en papel el resultado es soso, mediocre? Algo esencial se pierde entre la mente y la mano.
El lenguaje que existe en la mente es distinto al lenguaje escrito, y muchas veces pre-sentir una idea genera mucho mayor estética que en efecto sentirla y plasmarla. ¿Por qué?
A mi parecer, cuando uno piensa y crea, siempre lo hace desde si mismo. El arte al principio es interior para poder ser luego exterior; de la mente a la mano. La diferencia existe en que en la mente el arte es completo, pues sólo existe un creador y un espectador: en ese momento la creación no necesita explicación, contexto o interpretación; cualquier significado está entendido de manera tácita o explicita por el escritor.
El problema viene cuando el arte se vuelve exterior, cuando el escritor requiere usar el lenguaje para transmitirlo. Aquí es donde se pierden los cuatro grados de Arreola. Por más universal que sea el texto, por más destilado y esencial, éste será imperfecto porque requiere de un vehículo, en nuestro caso el lenguaje, para que el público lo entienda.
El escritor, entonces, vive encarcelado por los barrotes de la lengua, y es sólo en su interior en donde la perfección habita. Nadie la ve, nadie la siente, y el que escribe debe limitarse a jugar según las reglas. Pero aun así no nos desanimamos y escribimos; aun así, como el pájaro de Kafka, no nos cansamos de volar en busca de nuestra jaula.
Respeto el comentario de Arreola y quizás sea cierto en el ámbito estrictamente poético. No obstante, no estoy de acuerdo Luis con la parte final de tu artículo. El lenguaje no sólo transmite una idea, sino que la arropa. La literarura es la creación de la belleza a través de la palabra. "Inteligencia dame el nombre exacto de las cosas, que tu palabra sea la cosa misma", decía Juan Ramon Jimenez. Además, en muchos casos, la palabra es testimonio, denuncia, retrato. Sí que es cierto que muchas ideas mueren y se distorsionan porqué no somos capaces de expresarlas como las habíamos imaginado. Pero, si todo fuera como tu dices, la literatura no existiría. Todo serían obras maestras. Y perderíamos lo más importante: la recuperación e incluso la superacion de estos 4 grados por parte del lector. No te olvides, que siempre es él quien, en definitiva, termina de escribir la obra. Un ejemplo: Don Quijote. Piensa en él y dime si lo imaginas estrictamente tal y como lo concibió Cervantes o si tal vez, lo recreaste a tu manera a partir de sus palabras. Felicidades por el artículo y un saludo.
ResponderEliminar¿No puede ser cierto también al revés? Es decir, ¿acaso no es posible que una idea no tan brillante crezca y se desarrolle gracias a las palabras justas y exactas, a hallazgos que en el principio ni siquiera sospechara el autor, de forma que la idea, al convertirse en texto, se vaya enriqueciendo y expandiendo su capacidad de significación?
ResponderEliminar¿Qué dirías Luís ante la situación inversa? Yo te explico mi experiencia personal. Yo he pasado mucho tiempo escribiendo para mí, nadie debía interpretar, yo ya me entendía. En el momento en que cogí esos textos y los expuse a la lectura de los demás me vi obligada a retocarlos para que objetivamente se entendieran cosas que para mí estaban sobreeentendidas. Mis textos mejoraron literariariamente hablando e incluso a medida que aplicaba ese criterio de "entendible" la idea se expandía incluso para mí, la desarrollaba mentalmente al tiempo que tomaban forma escrita o buscaba las expresiones adecuadas. Las ideas permanecían intactas conservando su riqueza enterior, aumentándolaincluso, y ganando en riqueza "exterior".
ResponderEliminarDe lo cual, y sin generalizar, deduzco que si el texto refleja mejor o peor nuestra idea mental primera (que antes de expresarse parece tan potente), depende de los recursos lingúisticos del escritor, y de su capacidad de transmitir con el lenguaje esas emociones. Es ahí cuando nuestras limitaciones o habilidades enriquecen o empobrecen los textos. Ya te digo muchas veces los enriquece, en otros casos no.
Estoy de acuerdo con Elisa y Anónimo. Besos a todos y saluditos desde BCN.
ResponderEliminarFelicitaciones por el artículo, no es habitual encontrar este tipo de publicaciones en el mar de la internet.
ResponderEliminarCoincido con el autor en que la génesis del arte es siempre interior, ahora bien el desafío para quienes escribimos es justamente comunicar, en lo posible, a los otros ese arte. Algunos lo hacen mejor que otros, pero de eso se trata hacer literatura.
Saludos
Muy interesante.
ResponderEliminarEl reto consiste precisamente en romper la distancia entre el interior y el exterior. No siempre elegimos bien las palabras (incluso hay veces en que quisiéramos salirnos de ellas), pero aprendiendo a jugar con las ideas/palabras buscamos redondear el texto y aproximarnos, no a 100, sino a los 360 grados... :]
ResponderEliminar¡mUCHos salUCHos de UCH! :]
Recordé un "poema" que escribí hace años y que acabo de republicar en mi blog:
ResponderEliminarhttp://abrapalabramagica.blogspot.com/2010/08/no-hay-poemas-malos.html
Y esta frase:
Viste una idea de palabras y perderá su libertad de movimiento...
Egon Friedell
¡mUCHos salUCHos de UCH! :]
Qué casualidad haber elegido a Arreola en nuestros posteos. Muy bueno el artículo Luis. Felicitaciones!
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