Lo confieso: soy postmoderno. Y por tanto cínico. Y descreído. Cuando escuché la noticia de que un joven escritor italiano había sido amenazado de muerte por la camorra, lo primero que se me ocurrió pensar fue: «buff… otra estrategia de marketing».
Qué pequeño. Qué mezquino. Qué ruin puede llegar a ser uno. Qué indigno en un mundo donde las historias son mero pasatiempo y no pueden significar ni cambiar nada.
Leer “Gomorra” es como recibir una bofetada. Como detenerse ante un espejo sin truco que sin embargo muestra nuestra realidad deforme. Saviano no es postmoderno. Ni cínico. Ni descreído. Saviano cree que las palabras todavía tienen valor y que ese valor estriba en describir lo real, identificar los mecanismos de un poder asesino, llamarlo por su nombre, iluminarlo con la llama de la escritura.
Leer “Gomorra” es como anudar el corazón y el estómago con alambre de espino, observar el espectáculo sin brillo de quien se niega a callar ante el horror que desde siempre asola su tierra y su vida; ese horror al que sus conciudadanos —algunos de ellos también escritores— viven sometidos y al que él opone lo único que tiene: la palabra. La palabra que define la raíz de las cosas y hace crecer los sentimientos y las emociones, como en torno a una hoguera alimentada con la piel de lo humano. La palabra que, dice, ni condena ni hace prisioneros.
Saviano confiesa que escribió "Gomorra" con “la arrogancia de quien cree que puede cambiar algo”. Visto en perspectiva, tras la condena a muerte que le arrastra de refugio en refugio, no existió tal arrogancia; un solo hombre, utilizando como arma la palabra, hizo temblar al todopoderoso sistema criminal de Campania.
Mis felicitaciones a Roberto Saviano y un agradecimiento para F. Remitente que aquí lo ha acercado.
ResponderEliminarSaludos cordiales