De camino a casa, a Armando le llamaba la atención el mimo con el que algunas ancianitas del barrio daban de comer a los gatos y es que, día tras día, la rutina parecía ser siempre la misma. Ocho de la noche. Tres recipientes: uno de carne guisada, otro de pescado y un poco de agua. Y aunque, al pobre Armando, las cosas no le marchaban demasiado bien por culpa de la crisis, aquel gesto tan humano le reconfortaba segundos antes de entrar en casa, donde no eran pocos los quebraderos de cabeza que le esperaban. Pero, así era la vida…
Un mes más tarde, los gatos se miraron entre sí, desconcertados.
Daniel Sánchez Bonet, microrrelatos a peso
No lo entendí... perdona pero sinceramente no entendí que quiso decir el autor.
ResponderEliminarPues el "pobre Armando" se robó las comidas ... eso entiendo
ResponderEliminarEntendí igual. No sé si reír o qué sentir.
ResponderEliminarPero muy bueno, haha (no me resistí).
Saludos.
Horacio, Hector te dio la solución.
ResponderEliminarGracias por los comentarios
Muy bueno Daniel, pobres gatos, a ver quien les explica a ellos esto de la crisis.
ResponderEliminarUn abrazo
Se entiende perfectamente, conste.
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