Humberto Jarrín nació en Cali, Colombia, en 1957. Ha realizado estudios en Física, Ingeniería y Filosofía y letras. Su obra literaria ha sido reconocida en diferentes certámenes a nivel nacional en dos géneros especialmente, poesía y cuento. Ha escrito los libros de poesía Herramienta de trabajo (1982), Líneas de Alfanje (1988), Oniria o el continente de los sueños (1991), De otras vidas/Humano (1994), La Piedra Iluminada (1995) y Elementos (1996); de cuentos Historias para estrenar (2000), Todo el mundo tiene su fábula (2002), Péndulo de sangre (2004) y Non Plus Ultra (2004). La obra de Humberto Jarrín ha sido seleccionada para componer antologías de cuento y poesía vallecaucanas y colombianas. Entre muchos otros reconocimientos, su libro Todo el mundo tiene su fábula obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Respresentó a Colombia en el VI Congreso Internacional de Minificción, recientemente celebrado en Bogotá.
IM: ¿Qué representó para ti ganar El Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura con un libro de microrrelatos como Todo el mundo tiene su fábula?
HJ: Creer en tres géneros. Miremos: el relato breve por un lado, la fábula por el otro. Representó, pues, “dar una pedrada en ojo tuerto”. Resultó ser una verdadera “pelea de tigre contra burro amarrado”. En efecto, cuando comencé ese proyecto era consciente del riesgo, por una parte porque se trataba de un género ya en desuso como la fábula, que antiguamente, griegos, chinos y árabes habían tratado con maestría y que de alguna manera ya había sido llevado a su culmen, y que en la actualidad había obtenido otro monte Everest: Monterroso. De otro lado en Colombia la fábula se había relacionado con los relatos en verso, ñoños y moralizantes, de Rafael Pombo, e ir en contra de esta tradición no era fácil; no olvidemos tampoco que este tipo de relato se había prostituido en libros de superación personal y literaturas afines. Y claro, creer en el relato breve, en un concurso de cuento canónico, y con una tradición de tantos excelentes exponentes del mismo en el país, era un atrevimiento. El tercer género en que renové mi confianza fue en el humano. Sabido es que en muchos concursos de este y otro tipo (¡tanto más en el Premio más importante de la literatura colombiana!) se estilan fallos con ganadores predeterminados. Así que el libro se defendió por sus propios méritos.
IM: Según tu experiencia como escritor, ¿cuáles son las perspectivas del género en un país como Colombia?
HJ: A pesar del desprecio con que las grandes editoriales lo tratan, junto con sus dos primos hermanos, el cuento y la poesía, que contrasta con la infame genuflexión mercantilista–oportunista que les hacen a esos relatos bastardos que genera la violencia (en gran parte debida al propio Estado colombiano), hablo de esas novelas insípidas de tetas, mafias, pandillas, etc., y de esas mórbidas narraciones meta y paraperiodísticas de hechos acaecidos en la selva, creo que el género goza de una salud que va en aumento, que uno puede palpar por el creciente interés expresado en el número importante de escritores que lo cultivan, de la importancia académica que va adquiriendo nacional e internacionalmente, de los espacios diversos de publicación (libros, antologías, revistas, plegables, afiches, la web), etc., y a pesar también de los que dentro del género mismo –porque todo hay que decirlo–, lo contaminan con “creaciones” fofas, cercanas al chiste insulso y a la facilista declaración de lugares superados o comunes.
IM: ¿Por qué crees que existe una relación tan íntima entre la literatura infantil y el microrrelato?
HJ: Comencemos por la brevedad, mucha de la literatura infantil participa de esta característica. Otra sería el juego. En ambos, literatura infantil y microrrelato hay un juego, con lo verbal, con la percepción de lo considerado real, con los géneros, con literatura misma, y en ello siempre con el riesgo, como en todo juego, de ganar o perder. Otro aspecto, y quizá corolario del anterior, es el ingenio, ingenio para tomar las cosas, seres o anécdotas más anodinas y convertirlas en algo profundamente significativo; lo contrario también: tomar lo más canónico, serio y profundo y burlarse significativamente de él. En suma, la capacidad de maravillarnos. No quiero decir con esto que el minirrelato es en consecuencia literatura infantil (por lo que yo diría que apenas existe una relación, “relación íntima” es mucho más comprometedora, como todo lo íntimo) y menos que sea un género para niños, pero sí puedo aventurar que siendo una literatura para adultos, por todo lo que exige del lector, lo es para un tipo de adulto que con todas las experiencias, saberes, traumas y resabios que da la vida vivida y la cultura adquirida, tiene una nueva oportunidad de asombrarse, de extrañarse, como los niños.
IM: ¿Cuáles son los autores que, según tú, mejor posicionan a Colombia como referente del género?
HJ: Sin duda uno sus fundadores formales, Luis Vidales, y quienes lo continuaron: Manuel Mejía Vallejo, Jairo Aníbal Niño y mi amigo Harold Kremer.
IM: ¿Qué opinión te merece el último Congreso de Minificción que se realizó en Bogotá?
HJ: Un espacio para encontrar viejos amigos y hacer nuevos amigos con viejos conocidos; un tiempo para reflexionar sobre lo que hacemos; una oportunidad para crecer como teóricos y como escritores. Un pretexto para reafirmar y ampliar nuestras querencias estéticas, intelectuales y fraternales.
IM: Aparte de la literatura, ¿qué otras cosas te apasionan?
HJ: La enseñanza, no porque sea un convencido de que de mí tengan mucho que aprender los demás, sino porque es un pretexto para estar con las nuevas generaciones y sus afanes y búsquedas, y en ello seguir aprendiendo con ellos. Me encanta la ciencia, en particular la Física, de hecho mi primera formación universitaria comienza estudiando Física pura, luego Ingeniería eléctrica y Tecnología electrónica.
Un libro: Greguerías, de Ramón Gómez de la Serna, tiene de todo, poesía, minicuento, filosofía… y en la dosis que el espíritu y el intelecto muchas veces lo requiere.
Un autor: Pablo Neruda, por su vida y obra.
Una canción: El tango “Uno”.
Un lugar: El estero salado, a las cinco de la tarde, en Guayaquil, si aún queda, como ha quedado en mi memoria.
Una comida: Bandeja paisa.
Una bebida: Un café en presencia de una buena compañía, incluyéndome, incluso, a mí.
Un amor: El de mi esposa y mi hijo. También el que por mi ciudad siento: Cali.
Un odio: Todo lo que huela, sepa o se parezca al fascismo, tanto en lo nacional como en el orbe.
Un animal: Mi perro “Charlot”, sobre todo cuando me recibe luego de una larga jornada de trabajo.
Un secreto: Helo aquí: (…)
***
Ratona, matrimonio y enamorado, Humberto Jarrín
—Sabe
una cosa —le confesó la Ratona a su interlocutor de turno mirándole
seductoramente a los ojos—, sé que apenas acabo de conocerlo pero no me
resisto a declararle que estoy enamorada de usted.
—¿Es lo que se llama un amor a primera vista? —Preguntó el galán con juguetona vanidad.
—No sé si así se llame, en realidad nunca he estado interesada en los nombres de esto o aquello, respondo por lo que siento.
—¿Sí?
—Sí.
Y podríamos casarnos, y tener una cuevita que tú te cuidarás de
mantener, y tendríamos muchos pero muchos hijos aprovechando mi ardorosa
y prolífica naturaleza, y...
—Este... Bueno..., no niego que lo encuentro muy halagador y sugerente, que hasta me gustaría, pero sucede que somos diferentes.
—¿Cómo
diferentes? ¿Acaso tiene usted una cierta debilidad, no es usted, en el
amplio y completo sentido de la palabra, un Ratón?
—No.
—¡¿No?!
—No. Soy un Murciélago.
—Vaya, disculpe usted, señor. Y adiós.
—No hay cuidado. Que le vaya bien. Y en verdad siento no haber clasificado.
En
tanto la Ratona visiblemente desilusionada se aleja el asediado
casadero se queda cantando muy contento pues una vez más, con ese viejo
estratagema de hacerse pasar por un Murciélago ha logrado conjurar con
éxito el recurrido y acechante fantasma del matrimonio.
Semana de Colombia.

Simpático e ingenioso.
ResponderEliminarFelicitaciones al autor por su logros.
Saludos!
Interesantes puntos de vista, y qué decir de la fábula al final.
ResponderEliminarFelicidades.
El logro de Humberto Jarrín, al ganar el Premio Nacional de Literatura da muchas luces con respecto a la atención que se le está dando al microrrelato en Colombia. Por eso lo considero doblemente meritorio. Gracias a todos por pasar.
ResponderEliminarQué listo este ratón.
ResponderEliminarSaludos.