El funeral aún retrasa una hora y media por la tardanza de tus familiares pero, eh, no pasa nada: sólo hace 70 días que has muerto.
Es normal que se demoren en darte sepultura. No eres un cualquiera. Eres amado y admirado por los habitantes del mundo entero.
No puedes solo con tanto amor. Requieres de un equipo que realice las tareas cotidianas. Programar tus salidas y tus entradas, organizar tus bodas y tus funerales, vender tus discos y a tus hijos. Recordarte que no puedes decepcionar a tus fans. Que eres el único punto luminoso en sus desdichadas existencias.
Tú sabes cantar y bailar. Nada más. El resto de tus dimensiones escapa a tu control Ellos tienen que tirar de ti y también que empujarte. 10 actuaciones. 30 actuaciones. 100. Todo amor.
Cantas y bailas. Ellos te inyectan calmantes y dicen que no importa que no entiendas nada de lo que ocurre alrededor. Sólo tienes que dejarte llevar de un lado para otro. Sólo tienes que iluminar las vidas de esas pobres gentes que no tienen la fortuna de ser como tú. Todos esos millones de personas que conocen a Michael Jackson sin que Michael Jackson les conozca. Sin que Michael Jackson conozca a nadie en realidad.
Se les fue la mano con los calmantes y te enviaron al otro barrio pero, eh, no pasa nada: fue como tenía que ser. Sólo esperas que, si existe la reencarnación, el mundo en el que aterrices no necesite admirar a personas tan desdichadas como tú.
Grandes personajes con pequeñas existencias o viceversa. Como los que aparecen en los microrrelatos de Sara Lew y Saúl R. Deus que, junto a otros contenidos, aparecerán esta semana en la Internacional Microcuentista.
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