Sólo se bebía agua del grifo. Jamás un disfraz de carnaval. Ni hablar de teñirse en la peluquería o de gastar en teléfono para contar una buena noticia que, al fin y al cabo, solía evaporarse enseguida. Cuando los chicos necesitaban jugar al amigo invisible, llevaban la propia invisibilidad.
La aridez de los Infiesta fue enquistándose y, a la vuelta del milenio, el médico diagnosticó síndrome de posguerra eterna con problemas de olvido neuronal. Les recetó alegría, pero se implantó mal por razones genéticas. Les dio píldoras para mitigar las carencias, pero hubo efecto secundario: ofensa y victimismo (se daba en raros casos, sólo entre inmigrantes y funcionarios). Desesperadamente el doctor invocó una antigua terapia de bienestar que había tenido éxito en todos los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial, pero la familia lo interpretó como mera avidez del médico por vaciarles los bolsillos y quedarse con todos sus ahorros, tan dolorosamente almacenados contra miedo y marea.
Entonces llegó el ilusionista. Fue él quien se llevó toda su abstención (y era muchas: cosquillas, trenzas, gafas de sol, viajes fuera del ombligo, turrones y hasta horchata); se la quedó en su sombrero y les dijo que les pagaba con La Identidad. Que eran Auténticos, y en ellos estaba depositada la esperanza de su estirpe, ahora que él les ilusionaba con una.
Los Infiesta siguieron sintiendo miedo y viviendo ofendidos, pero ahora crecieron y se multiplicaron y sus generaciones desbordaron los confines de su ombligo.
Susana Camps Perarnau,Viaje imaginario al Archipiélago de las Extinta, Talentura, 2013.

¡Muchas gracias, Inter!!!
ResponderEliminarPero qué bueno, Susana. No lo recordaba. Sin duda, este es uno de los mejores que te he leído.
ResponderEliminarUn abrazo,
Qué placer leerte, Susana. Gracias por la dicha
ResponderEliminarMe ayuda a respirar naturalmente. Gracias.
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