Uno es rey de Francia. No puede decir, por ejemplo: voy a exterminar a la orden del Temple porque supone un poder millonario y armado que rivaliza con el del mismísimo rey de Francia. Decir: voy a exterminarlos y, de paso, me apropio de sus propiedades y de su fortuna.
No funciona así. No conquistas la lealtad y la obediencia voluntaria del pueblo y la soldadesca comportándote a la luz del día como un codicioso criminal.
Has de persuadirles de que son cruzados en la eterna lucha del Bien contra el Mal. Alimentar sus más bajos instintos. Apelar al mismo tiempo a su credulidad, su estupidez, su envidia y su miedo.
Así que dices: los templarios fornican entre sí y con Satanás. Secuestran a los niños mientras sus padres duermen y arruinan cosechas al paso de sus caballos embrujados. Se alimentan del hambre de los demás. Transforman su miseria en oro.
Lo ratifican los templarios ante el populacho después que los mandes arrestar el 13 de Octubre de 1307. Les han torturado, claro, pero eso tampoco lo dices. Eres el rey de Francia. No te comportas como un vulgar matarife. No funciona así.
Envuelta entre los celofanes de la gran historia habita la realidad de la historia mínima, personal, verdadera. A esta pertenecen los relatos de Raúl Ariza e Iván Teruel Cáceres, que aparecerán esta semana en la Internacional Microcuentista. Igual que los que escribe María Paz Ruiz Gil, que responderá a las preguntas de nuestro Brevario de Autores.
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