Comité Editorial

12 de octubre de 2015

Atestado

Yo se lo contaré,  cabo. Primero, el obispo cerró la iglesia y ya no había misa ni los domingos. Luego se jubiló el panadero. El médico ya no subía, tenían que llamar a un taxi y bajar al ambulatorio del valle. Hace poco, a Florencio se le murió la mujer, cerró el bar  y marchó con los hijos a la capital. Y por último,  el del club,  que para cuatro gatos  que quedaban no le salía a cuenta subir a las chicas. Y  todo el día sentados en la plaza. Y luego a casa. Y, en cada casa, una escopeta.

Fernando Vicente, Depropio, 2012.

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