Yo se lo contaré, cabo. Primero, el obispo cerró la iglesia y ya no
había misa ni los domingos. Luego se jubiló el panadero. El médico ya
no subía, tenían que llamar a un taxi y bajar al ambulatorio del valle.
Hace poco, a Florencio se le murió la mujer, cerró el bar y marchó
con los hijos a la capital. Y por último, el del club, que para cuatro
gatos que quedaban no le salía a cuenta subir a las chicas. Y todo
el día sentados en la plaza. Y luego a casa. Y, en cada casa, una
escopeta.
Fernando Vicente, Depropio, 2012.

Real como la vida misma.
ResponderEliminarBesicos muchos
Recuerdo este micro, muy bueno Fernando.
ResponderEliminarUn saludo indio
Mitakuye oyasin
Muy bueno! !
ResponderEliminarMuy bueno! !
ResponderEliminarqué bueno es, Fernando-
ResponderEliminarUn buen retrato, Fernando...
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