Comité Editorial

22 de octubre de 2015

Breve entrevista a Adriana Lisboa

Foto: Daniel Mordzinski
Adriana Lisboa (25 de abril 1970, Río de Janeiro) es una destacada escritora brasileña. Autora de las novelas Los hilos de la memoria (Rocco, 1999), Sinfonía en blanco (Alfaguara, 2001), Un beso de colombina (Rocco, 2003), Rakushisha (Alfaguara, 2007), Hanói (Alfaguara, 2003) y Azul cuervo (Alfaguara, 2014), también ha publicado libros de poesía, cuentos, libros para niños y Califrafías (Rocco, 2004), su libro de microrrelatos. Su obra ha sido traducida a más de una docena de idiomas y merecedora de varios reconocimientos. Entre otros, el premio José Saramago de la Literatura y el reconocimiento como una de las 39 escritoras latinoamericanas menores de 39 más destacadas en el marco del Hay Festival 2007 en la que Bogotá fue nombrada Capital Mundial del Libro.

IM: Has escrito novelas, libros de poesía, libros infantiles y microrrelatos. ¿Con qué género te sientes más cómoda? ¿Qué te brinda cada uno de ellos?
AL: Tal vez depende de la época. De modo general, siempre me sentí más cómoda con la escritura de narrativas más extensas, pero en el momento prácticamente sólo había escrito poesía. La narrativa larga promueve una convivencia a largo plazo, la historia se hace íntima, los personajes se vuelven casi miembros de la familia. Con los microrrelatos y los poemas, surge la posibilidad de capturar un instante, como en la fotografía. Con respecto a los libros infantiles, los escribí prácticamente todos en la época en que mi hijo era un niño (hoy tiene 17 años).

IM: Has recibido grandes reconocimientos como escritora. El Premio José Saramago de Literatura y fuiste destacada en el Hay Festival de Bogotá como una de las 39 escritoras latinoamericanas menores de 39 más influyentes, entre muchos importantes otros reconocimientos. ¿Qué le dirías a los escritores que recién comienzan y que ven en los premios una fórmula para destacarse?
AL: Sé que los premios son subjetivos. Muchas veces gana quién no merece y quienes lo merecen no ganan. De todos modos, la ayuda es innegable para la promoción del autor. En mi caso, el Premio Saramago fue mi pasaporte para ser representada por una agencia internacional (Mertin) y comenzar a ser traducida fuera de Brasil. Pero aunque los premios nos ayuden, no son imprescindibles, y yo tengo siempre, siempre en mente, esa innegable subjetividad –finalmente–, la literatura no es una ciencia exacta. Escribimos, pienso, fundamentalmente por amor a la escritura. Es preciso quitar el ego tanto como sea posible del escenario, y los premios promueven exactamente lo contrario... Entonces necesitamos apelar siempre a esa “mente de principiante” que nos hace querer escribir antes que cualquier cosa.

IM: Háblanos de Caligrafías, tu libro de microrrelatos. ¿Qué encontrará el lector en este libro?
AL: Caligrafías fue un libro que llegó sin pretensión alguna. Estaba compuesto de pequeños ejercicios que yo estaba realizando al escribir en prosa. A veces, prosa poética; a veces, con una trama sutil; a veces, bordeando la crónica. Un día, repasándolos, me di cuenta de que tal vez podían conformar un libro de "pequeños relatos", simplemente dando un paseo entre cuento, la poesía y la crónica que tuvieran en común la brevedad. El artista brasileño y mi amigo Gianguido Bonfanti acordaron producir el libro con una serie de dibujos en tinta que dialogan maravillosamente con el texto sin ser exactamente ilustraciones.


IM: Tus textos han sido seleccionados en cerca de una veintena de antologías. ¿Qué representa que tu trabajo se conforme con el de otros autores? ¿Es bueno en tu concepto el fenómeno de las antologías o dirías que la cantidad de escritores en determinada publicación disminuye su calidad en conjunto?
AL: No sé si es la gran cantidad de autores en antologías compromete la calidad del conjunto. La verdad es que vivimos en una época donde todo existe en grandes cantidades. En muchos casos, las antologías están justificadas para presentar a los nuevos autores a un público específico (en el caso de una antología de autores brasileños, en la traducción, por ejemplo), para reunir a diversos autores en torno a un tema apremiante o interesante. Mi última experiencia con una colección de historias cortas fue Río Negro, una experiencia sensacional para mí, porque me encontré ante el desafío de escribir una historia corta en un género que no suele ser el mío. Por otra parte, los recortes siempre serán recortes. Subjetivos, así como los premios literarios.

IM: Cuéntanos un poco de Lisboa, el documental de Eduardo Montes-Bradley que está basado en tu carrera literaria.
AL: Eduardo, argentino residente en los EE.UU., había leído mi novela Azul cuervo, y vino a mí con la idea del documental. La idea que me interesaba era escapar de algunas de cuestiones obvias, y me gustaba bastante la idea de improvisación de tono que está presente en el documental. Se trataba de dividir un poco mi vida, más allá de la creación literaria. Así, él me acompañó al Centro Zen del que formo parte, vino a filmar a mi casa, estuvo en Río fotografiando mis padres, salió conmigo paseando en coche y filmando en el trayecto. Pienso que el resultado fue una película bastante sensible y poco previsible.

IM: El microrrelato es un género que ha crecido mucho o, al menos, tiene una gran exposición en países como Argentina y España. ¿En qué punto crees que está el género en Brasil?
AL: No es, en mi percepción, un género muy difundido en Brasil. Ya oí inclusive autores de renombre diciendo “jamás escribiría microrrelatos”. Tal vez se gesta la idea de que es algo menos importante. Aún estamos, quién sabe, ante un amor difícil de explicar.

IM: ¿Cómo ha sido esa experiencia de residir en países tan disímiles como Brasil, Japón, Francia o ahora Estados Unidos? ¿Qué le ha brindado a tu carrera literaria cada lugar visitado?
AL: Lo de Brasil es, naturalmente, parte fundamental de lo que soy y lo que escribo. Viví en Río de Janeiro (con breves pasajes por otras ciudades) durante más de treinta años, fue donde nací, me crié y estudié. Hubo un intervalo cuando me mudé a París, prácticamente sin dinero, a los dieciocho años. Fue mi primera experiencia de vida “desprotegida”, lejos de la familia y de mi zona de confort. Fue esencial, y esencial también por ver por primera vez un lugar distinto, convivir con otra lengua, con otra cultura, con otra literatura. Mucho más tarde pasé un breve periodo en Kyoto, gracias a una beca de la Fundación Japón para la escritura de una novela. Además de ser un antiguo sueño, me valió por la experiencia de una cultura radicalmente más diferente de aquella en que la que me había criado. Y por fin, en diciembre de 2006, me fui a Estados Unidos a una pequeña ciudad en el estado de Colorado, al pie de las montañas rocosas, en las cercanías de Boulder (antigua meca hippie y punto de los poetas de la generación beat). Todo eso, pienso, compone una visión de mundo más desgarrada –no me siento perteneciendo exactamente a lugar alguno–, más allá del hecho de continuar escribiendo en portugués. Fue una especie de desapego forzado. Eso me gusta y creo que le ofrece una libertad interesante a mi escritura. Además, mi llegada a Estados Unidos fortaleció mi relación con el zen-budismo, con el que tuve contacto por primera vez hace cerca de quince años. Y, definitivamente, el estudio y práctica del zen están bastante presente en aquellas cosas que escribo.

Adriana Lisboa junto a José Saramago. Foto extraida de www.adrianalisboa.com

Un libro: Hacer silencio, poemas de Mariana Ianelli
Una película: Nadie puede saber, de Hirokazu Kore-eda
Una ciudad: Río de Janeiro, con todos sus dolores y delicias. Pero ya cantaba Gilberto Gil que el mejor lugar del mundo es aquí y ahora.
Una comida: higo.
Un amor platónico: creo que no tengo ninguno, actualmente...
Un secreto: los amores platónicos del pasado.
Una frivolidad: tener amores platónicos y secretos.
Un poema: este, de Jack Kerouac:
NOTHING TO DO BUT DO THINGS RIGHT
KARMA 
Everything that you go
Everything that you didnt got
You didnt had
And the aggressive pusher
Who shoved you out of his way
To get what he thought he needed
Rots is the same soul
And in the same soil
As you, O Saint.
Una sentencia: “Adulto es una persona que toda cosa que habla, viene primero ella” (de un niño de 8 años, registrada por Javier Naranjo en su libro Casa de las estrellas)
Un deseo: No ser ese adulto de la frase arriba

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