Perdí los nervios.
Tras el bofetón, sus dientes volaron. Rodaron como canicas y
desaparecieron bajo el mueble del comedor. Y allí siguen, después
de treinta años. No me ha perdonado. Lo sé porque nunca sonríe.
Tampoco me dirige la palabra. Se comunica conmigo a través de un
complicado código de parpadeos que hemos perfeccionado durante
décadas. Cada noche en la cena lo intento. “Me perdonas” son
tres guiños cortos y dos largos. Ella responde cerrando los ojos a
la vez. Yo replico (corto, largo, corto). Ella contesta (largo,
largo, corto). Y así seguimos, hasta que los ojos nos lagrimean de
tanto hablar.
Arantza
Portabales Santomé: A Celeste la compré en un rastrillo.
Zaera Silva Editor. Col. Lenguas de Ornitorrinco, 2. Ilustraciones de
Dictinio de Castillo- Elejabeytia. A coruña, 2015.

Una excelente escritora que nos va a dar muchas alegrias.
ResponderEliminarCómo se puede ser tierna con una escena de violencia doméstica? Pues va ella y lo consigue. Magnífico relato.
ResponderEliminarUn abrazo, Arantza
El ritmo sostiene este relato. pareciera que podemos leer los parpadeos. Y el final, las lágrimas, el cansancio de al comunicarse de tal forma. Muy bueno.
ResponderEliminarMagnífico!
ResponderEliminarEnhorabuena por este micro y suerte con el libro.
ResponderEliminarUn saludo indio
Mitakuye oyasin
Gracias chicos. Estremecedor lo que dice Mei. Es cierto que hay violencia doméstica y casi ni había reparado en ello, tan solo pensé en escribir una historia distinta de AMOR con mayúsculas. Estoy muy pallaaaaaaaaaaaaaa.
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