Los hombres y mujeres de entonces también vivían convencidos de que a un día sigue otro. Pero el 4 de octubre de 1582 paso a ser el 15 sin que nadie fuera capaz de entender por qué.
La respuesta, como tantas, estaba en posesión de los sabios doctores de la Santa Madre Iglesia. En el Concilio de Nicea, el año 325, establecieron el día de Pascua el domingo siguiente al equinoccio primaveral. Sólo que emplearon el calendario establecido por Julio Cesar, que calculaba la duración del año en 365, 25 días cuando en realidad dura 365,242189.
Este error fatal, propio de un infiel, llevaba a que, para 1382, existieran diez días de diferencia entre el momento astral escogido por la Iglesia y la fecha del calendario, lo que venía a descuadrar tanto la Pascua como el resto del calendario litúrgico. Así que el papa Gregorio XIII implantó por decreto el calendario gregoriano y quedó solucionado. Al menos a ojos de la iglesia: muchos hombres y mujeres pasaron el resto de su vida tratando de recordar en qué habían empleado aquellos diez días entre el 4 y el 5 de octubre.
En la Internacional Microcuentista no estamos dispuestos a perder esta semana. Y no por los cuentos de Fernando Vicente y de David Moreno Sainz. Ni por la reseña de Entre vivos y muertos de Alberto Benza. Ni por la entrevista a Mariano F. Wlathe. Ni por la especialísima nueva antología internacional que aparecerá el viernes 11. Aunque cualquiera de estas cosas por separado es motivo suficiente para no perder la semana, juntas vuelven inexcusable perder un sólo día.
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