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| Foto: ©Almudena Sánchez |
Eloy Tizón nació en Madrid en 1964. Es un escritor español considerado uno de los mejores narradores de relato breve y novela de los últimos años.
Es autor de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995), y de tres libros de relatos muy celebrados: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992).
Su obra ha sido traducida a diferentes idiomas y forma parte de numerosas antologías. Ha sido incluido entre los mejores narradores europeos en la antología Best European Fiction 2013, prologada por John Banville.
Imparte clases de narrativa en los centros educativos Hotel Kafka y en Relee, donde también ejerce labores de editor.
Escribe una columna mensual, titulada Vértigos, en El Cultural de El Mundo.
IM: Sácanos de la duda, Eloy. ¿Qué diferencias a la hora de escribir encuentras entre la narración de una novela y de un relato breve? ¿Es premeditada la decisión de la extensión? ¿Qué sucede contigo cuando vas a escribir una u otra?
ET: Suelo descubrirlo, de manera intuitiva, en una fase temprana de la escritura. Algo me avisa desde el principio si será novela o cuento. Las ideas nacen ya con su propio desarrollo interno, su ritmo y su biografía, que conviene respetar. Mutilar una novela o estirar un cuento para que tenga más páginas no suele servir de nada; se nota mucho y para mal. Parte del trabajo del escritor consiste precisamente en encuadrar lo mejor posible la extensión de la trama que mejor se adapta a su historia. Es importante averiguar si esta debe narrarse en dos mil palabras o en veinte mil, y mantenerse fiel a ello en función de lo que quieres contar.
Digamos que ambos géneros, el cuento y la novela, poseen una temporalidad distinta, otra dinámica e incluso otra musicalidad. La novela tiende a fagocitarlo todo, es un género antropófago y centrífugo, un tanto excesivo, que apunta a la totalidad y al derrame, mientras que el cuento es centrípeto; opera desde la renuncia y el concepto mismo de limitación, de borde, de hueco. La novela admite meandros y digresiones, rupturas temporales y cambios del punto de vista, multitud de voces, cimas y valles, que un formato breve tolera peor, o no tolera en absoluto. No digo que no se pueda hacer (en narrativa se puede hacer casi todo, estoy convencido de ello), pero es más delicado.
IM: Sería un desperdicio contar con tu colaboración y no preguntarte acerca de tu opinión frente al cuento y al microrrelato español. ¿Te atreverías a decir que en tu país se marca la pauta de este tipo de narrativa frente a América Latina?
ET: Considero que el cuento está viviendo un buen momento creativo, en ambas orillas. Ninguna predomina sobre la otra. En Latinoamérica tienen la suerte (o la inteligencia) de que la narrativa breve siempre ha sido bien valorada, estudiada y reconocida, al igual que sucede en Norteamérica. El siglo XX fue el gran siglo de la narrativa breve latinoamericana, con la eclosión internacional de los grandes maestros que todos tenemos en mente: Borges, Cortázar, Onetti, Felisberto Hernández y tantos otros. El flujo, por suerte, no se ha interrumpido y una nueva generación de talentos jóvenes ha venido a tomar el relevo y a proseguir con la renovación.
En nuestro país no hemos tenido tanta suerte (o inteligencia), y aunque el cuento siempre ha gozado de una alta estima por parte de un reducido círculo de escritores y lectores, durante mucho tiempo ha sido relegado a un papel secundario con respecto a la novela. Por suerte, en los últimos años las cosas están cambiando a mejor y hay una mayor receptividad hacia el cuento, por parte de lectores, críticos, libreros y editoriales muy atentas al género, como Páginas de Espuma, Menoscuarto, Pre-Textos, Salto de Página, Caballo de Troya y otras más. Detrás de todo ello hay muchas horas de trabajo y mucha ilusión colectiva, que empieza a fructificar. Yo mismo he podido comprobarlo con mi último libro, Técnicas de iluminación, que ha tenido cinco reimpresiones en dos años y ha despertado muchísimo interés a ambos lados del Atlántico, cosa que habría sido impensable hasta hace poco. Si esto sirve para atraer nuevos lectores al cuento y abrir caminos, me alegrará muchísimo, porque la narrativa breve es un género que amo. Y ahora, ya, me atrevería a añadir también un plural: que amamos.
IM: Que Velocidad de los jardines haya sido reconocido como el mejor libro del año en el Premio Tormenta, elegido por la crítica de El País como como uno de los 100 libros españoles más interesantes de los últimos 25 años o por la revista Quimera como uno de los mejores libros de cuentos de literatura española del siglo XX te debe producir algo. ¿Qué es ese algo? ¿Qué sientes cuando seleccionan tus libros entre futuros clásicos o presentes imprescindibles?
ET: Claro que me produce algo, eso sin duda. Un cosquilleo de alegría, como mínimo. Yo diría que siento algo a medio camino entre el agradecimiento y el estupor. Era inimaginable, durante los años solitarios que tardé en escribir ese libro, completamente desconectado del mundo literario, sin padrinos ni apoyos de ninguna clase, que algún día recibiría tanto reconocimiento y cariño por parte de los lectores. Ni siquiera estaba seguro de que fuese a ser editado. Todavía no me lo creo. Cuando se publicó, el libro obtuvo buenas críticas y muy discretas ventas. No hubo promoción, ni redes sociales (entonces no existían), ni nada semejante. Por no haber, no hubo ni presentación. Es un libro que aún no se ha presentado en público. Ha hecho su camino solo, sin apoyos, gracias al boca-oreja y a la implicación de un puñado de lectores entusiastas, benditos sean. Ha sido un goteo lento y constante, nada espectacular, pero sostenido y creciente en el tiempo. La pena es que ahora el libro está agotado, no se encuentra en librerías, y pese a las tres reediciones vendidas, la editorial no lo reimprime, por pereza o desinterés. Muchos lectores lo reclaman, me preguntan por él, me envían correos. Luego nos quejamos de que no se compran libros. A veces los lectores quieren, pero no pueden, porque los títulos no están disponibles. Así funcionan las cosas.
IM: Sin tapujos, Eloy, dinos qué piensas del microrrelato. En España y en América Latina.
ET: Como profano en la materia y con todo respeto, diré que me parece un género engañosamente fácil. He leído y aprecio los microrrelatos de Ana María Shua y de Eduardo Berti (para no hablar de los grandes maestros indiscutibles, como Kafka o Arreola). Sin embargo, tengo la impresión de que muchos piensan que –quizá por su brevedad– son sencillos de escribir (y de leer), cuando en realidad ocurre lo contrario y es un género exigente y muy especializado, al alcance de muy pocos. Está rodeado de riesgos. No me gusta la microficción que se desliza hacia el chiste, la ingeniosidad, la sorpresa final o el efectismo. Creo que es fácil caer en ello. A mayor brevedad, mayor peligro. Y sin ánimo de sembrar polémicas, otra cosa que me disgusta del género, cuando no está bien hecho, es que muchos microrrelatos parecen escritos por la misma mano. No observo grandes diferencias entre unos autores y otros; cuesta distinguirlos. El lenguaje es el mismo o muy parecido. Yo prefiero que el lenguaje tenga mayor personalidad y brillo; que la intensidad verbal predomine.
IM: Te han publicado en más de una decena de antologías en tu país y en el mundo. Sincérate con nosotros: ¿qué opinión te merecen este tipo de publicaciones? ¿Dirías que nutren de verdad a la literatura o quizá no es más que una colcha de retazos sin conexión aparente? ¿Son una vitamina para los géneros como el cuento o tal vez una fórmula de las editoriales para disminuir su riesgo?
ET: Pues yo tengo buen concepto de las antologías. Me parece que son una brújula muy útil para conocer a un gran número de autores en un solo volumen. Es una introducción, ahí puedes descubrir piezas que te interesan y luego acudir a las fuentes originales. Así se producen muchos descubrimientos, me consta. Yo tengo lectores que me conocieron a partir de un relato seleccionado en una antología, tras lo cual buscaron mis demás libros. Y yo también he descubierto autores gracias a este mismo sistema. Ninguna antología es perfecta, todas están coloreadas por la sensibilidad lectora del antólogo, que funciona como filtro, pero aun así, me parecen herramientas imprescindibles que ayudan a obtener una visión panorámica. Ahorran mucho tiempo. Y también puedo dar fe del rigor y la pasión con que abordan su trabajo algunos antólogos, a quienes conozco y admiro, como Andrés Neuman, Ángeles Encinar, Fernando Valls o Clara Obligado (estos dos últimos, precisamente, en el campo del microrrelato).
IM: Para nuestros lectores que no saben de qué se trata, cuéntanos qué es Hotel Kafka y cuál es tu labor allí.
ET: Hotel Kafka es un centro de estudios muy especial, emplazado en Madrid, que acaba de cumplir diez años. Nació gracias al compromiso de Vanessa Herrero y Eduardo Vilas y entre su profesorado cuenta con autores reconocidos como Jordi Doce, Rafael Reig, Juan Aparicio Belmonte, Javier Azpeitia o Guillermo Aguirre, entre otros. Ofrece cursos relacionados con la creación artística, y sobre todo literaria, concebida como una casa de puertas abiertas, como lugar de encuentro, debate, intercambio de experiencias y asesoría. Acompañamos a los autores durante una parte de su trayecto. Ellos aprenden de nosotros y nosotros aprendemos de ellos. Es un lugar muy vivo, muy emocionante, al menos para mí, que me ocupo del área de relato breve y voy viendo (eso es lo mejor) cómo muchos alumnos que pasan por allí terminan convertidos en autores y publicando en buenas editoriales. Esto da sentido a nuestra tarea y significa un orgullo grande para todos.
IM: Estamos seguros de que hay otras cosas aparte de la literatura que te apasionan. Cuéntanos cuáles son.
ET: Me apasiona casi todo lo que tiene que ver con la creación artística: el cine, la música, la fotografía, las exposiciones, el teatro… Soy un curioso insaciable. No me canso de recibir estímulos y aprender de los demás. Aprender es lo que más me gusta del mundo, pues soy consciente de mi ignorancia enciclopédica. Tenemos solo una vida y hay que vivirla con los sentidos alerta. Aparte de esto, me encanta caminar y dar largos paseos sin rumbo, disfruto mucho con ello. Bastantes ideas se me ocurrren mientras camino, tomo notas, soy un escritor ambulante. Y sentarme en el suelo a jugar con mi sobrina de tres años, que es una criatura adorable. Eso es la felicidad.
Un libro: Ada o el ardor, de Vladimir Nabokov.
Un autor: Marcel Proust.
Una película: Arrebato, de Iván Zulueta.
Una comida: Paella junto al mar.
Una ciudad: Venecia.
Un secreto: Las series de televisión me aburren.
Una frivolidad: Comprar ropa.
Un amor platónico: ¿Anna Karina?
Un deseo: No perder nunca la capacidad de admirar.
Una técnica de iluminación: Vivir dispuesto a abrazar lo inesperado.


Qué interesante es siempre Eloy Tizón. Me han encantadon sus comentarios al microrrelato y sus pasiones, como caminar sin rumbo.
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