Comité Editorial

18 de noviembre de 2015

La orquesta primitiva: Un concierto de palabras


Para escuchar a la Orquesta primitiva, ópera prima de Roberto Abad (1988, Cuernavaca, Morelos, México), el lector no necesita tener conocimientos de teoría musical o de menos haber asistido alguna vez a una sala de conciertos de música clásica o culta, como también se le llama. Pero es sabido que en la vida, como en la minificción donde se requiere de la interacción activa del lector, todo conocimiento extra siempre es bienvenido. Por lo que ser melómano conlleva sus ventajas: nada más adentrarse en las primeras páginas del libro, el lector aguzado sabrá por qué éste no cuenta con un índice y sí con un programa de mano en el que destacan las secciones Obertura, La orquesta pide silencio, Intermedio, Los músicos y los Instrumentos y Movimiento final. Sin embargo, se puede no saber nada de este medio musical y al mismo tiempo disfrutar a lo grande del libro, ya que su autor nos lleva a través de sus historias casi de la mano, como si se tratara de un concierto didáctico, pues tiene la virtud de crear a sus personajes sin tener que echar mano de la intertextualidad (en un sentido estricto, sólo recurre a ella en un par de historias: una que hace referencia al flautista de Hamelin y  otra donde la protagonista es la conocida Tocata y fuga en Re menor, BWV 565, de Johann Sebastian Bach), y estos personajes lo mismo son notas musicales, silencios, instrumentos, músicos solistas, el propio director de orquesta o el público asistente al concierto. Además, si atendemos a la invitación que hace el autor en la Presentación, contamos con su complicidad a ser irreverentes y contravenir todas aquellas normas preestablecidas para el adecuado deleite de un concierto: “Siéntase autónomo y sin prejuicio alguno al leer este concierto. Tiene usted la libertad de hacer cualquier cosa: puede lanzar un aplauso a mitad de la sinfonía o un grito eufórico que retumbe en todas las páginas; disfrutarlo con los pies recargados en el asiento de adelante y las manos en la nuca (...); contestar su teléfono en el momento que lo requiera (...)”. Y para dar credibilidad a su propuesta, la Obertura “Ritos humanos” nos remonta en el tiempo a unos 30,000 años, a una caverna del Paleolítico Superior, al origen mismo de la música.
Las 74 minificciones que integran Orquesta primitiva son en su mayoría textos que no ocupan media página, escritos con un lenguaje claro y depurado, que si bien abordan el mundo de la música culta —desde la sala de conciertos, el público, las notas musicales, los instrumentos y los músicos— la intención del autor va más allá del simple gusto estético, pues casi siempre lo hacen con un tono cáustico, que si bien arranca una sonrisa o un gesto, irremediablemente conduce a la reflexión. En la primera parte del libro asistimos al origen de la música, en un solo texto, y de ahí de lleno a la experimentación —como lo es la música contemporánea—, al sueño, lo que le da al conjunto un aire surreal, y por momentos de una fantasía cruel. Así tenemos una orquesta donde los instrumentos tocan humanos o una orquesta que debe ser colocada en un horno de microondas o a baño maría o aquella orquesta de mediocres dónde un virtuoso debe amputarse un miembro para que sea como los demás; también hay instrumentos que alguna vez fueron humanos. Al final tampoco debiera sorprendernos tal gama de posibilidades porque “las partituras son espejos en los que se mira el instrumentista. Unos se miran guapos y otros, de menor belleza, prefieren tocar con los ojos cerrados. Los menos, son los que no se encuentran y buscan sin hallarse; resultan ser aquéllos que, por azar o mala orientación, se han equivocado de oficio” (Espejos y ataúdes I). La segunda parte del libro la orquesta pasa a segundo término, está más enfocada a los solistas y sus instrumentos, así encontramos al violín, al clarinete, la flauta, la trompeta, la tuba, el chelo, el trombón…, y los respectivos karmas de sus ejecutantes: “Su anhelo siempre fue tocar como Schumman, Chopin y Horowitz. Decía que lo suyo era un don, una verdadera epifanía. Nunca faltaba alguien que desde la banqueta le gritara: ¡Maestro! Él sonreía con modestia, sin volverse, con el ego característico de los compositores célebres, y permanecía quieto. Siempre quieto. Desgraciadamente, su destino fue otro. Bien pudo ser un árbol concertista, pero sólo sirvió como estación de perros y, mucho tiempo después, como madera para un contrabajo, rara vez extraído de su estuche” (Su destino fue otro). 
Orquesta primitiva sólo pudo ser escrita por un músico: Roberto Abad proviene de una familia de músicos y él mismo, aunque toca varios instrumentos, es baterista en un grupo de rock. El nacimiento de un libro como éste siempre es motivo regocijo, y más si su autor es uno de los más destacados jóvenes minificcionistas en México. 

Roberto Abad, Orquesta primitiva, Tierra adentro, 2015.

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