Comité Editorial

4 de noviembre de 2015

Pepitas de oro


Laura Elisa Vizcaíno pertenece a una nueva generación de narradores que lo mismo escriben y pulimentan pepitas de oro, que compulsan las teorías literarias que explican el origen, auge y naturaleza de esas prosas minúsculas que bien pueden contenerse en un grano de arroz, tatuarse sobre la piel rugosa de una nuez o estamparse en el cuerpo oval de una avellana.
              Otros integrantes generacionales la escoltan desde ámbitos propios: David Chávez desde Colima; Aldo Flores Escobar, atrincherado en la Ciudad de México; agazapado y altivo, David Baizabal en Puebla y, transterrada pero atenta, Magnolia Itzel Ortiz cubre su flanco desde Chihuahua, entre otros confabuladores analistas que tratan de forjarse un espacio en la academia y la nación literaria. Ellos además se han propuesto divulgar o rescatar los tesoros literarios que las generaciones precedentes dejaron en el centenario y antojadizo trayecto de la microficción.
             La inclusión de Laura Elisa y sus colegas en un ramillete de antologías literarias repartidas por Hispanoamérica, podría solventar este aserto peregrino. La publicación de sus artículos y ensayos sobre el género en revistas especializadas vendrían a convalidarlo, así como sus participaciones en congresos académicos cuyo propósito ha sido circundar esta singular expresión de la tradición literaria, acaso endémica de la lengua castellana.
             Desde que la conocí en Bogotá, hace unos cuantos años, justamente en un congreso de microficción donde se examinaban las formas de esta expresión narrativa, me di cuenta de sus dotes, intereses y constancia perquisitiva. Allá no paró de proponer, examinar y ponderar los juicios y argumentos que vertían los caudillos del género, esos señoriales académicos que blandían a la menor provocación una teoría explicativa sobre el pasado y el porvenir de las formas breves. Desde un rincón, sentada y calladita, escuchaba las menudencias que los eméritos colegas dictaban desde el podio. Pian pianito tomaba sus notas. Más tarde comprendí el propósito de sus acciones. Desde su inmovilidad y cómodo silencio, tapizaba sus cuadernos con los bocetos que luego sustentarían su tesis de maestría: una anatomía de las modalidades de la minificción.
              Ahora, a punto de concluir sus asedios doctorales sobre el benjamín de los géneros, centrados en el estudio de la metaficción y otras estrategias de escritura, Laura Elisa nos presenta estas tremendas, crueles e irónicas historias cobijadas por las entretelas de la brevedad, cariñosa y amorosamente bautizadas como CuCos. Nombre bautismal que me recuerda a Alfonso Reyes y cómo bautizó a los suyos: “briznas”; a Felipe Garrido, por el nombre con que arropó a los suyos: “tepalcates”; y a otros cultores del microrrelato, quienes lo denominaron conforme a valederas intenciones personales o fabulísticas.
           La lectura de CuCos me animó por las revelaciones que contiene, los conflictos morales en que se involucra a sus protagonistas, redenciones y traumas, así como las epifanías con que son clausurados. Naturalmente, también por los aprendizajes que me ofreció cada uno de los relatos, su poética y la decidida voluntad de amasar un estilo.
Laura Elisa Vizcaíno
               Antes de explayarme con estos asuntos de interés particular, fatigué los folios del libro paralocalizar las singularidades que lo distinguen. Éstas van de los enunciados en femenino de su narrativa, aunque titubeantes y escasos, situación que lamento pues con ellos se sostiene una crítica a un mundo alienado por el patriarcado; también ofrecen un tratamiento de la violencia doméstica y urbana, que va del acoso al asedio y culmina en abuso. Otros rasgos distintivos sostienen las actualizaciones y aclimataciones de ciertos mitos, entresacados de su cultura libresca: sirenas, dinosaurios, hadas, vampiros, entre otros más; al igual que la escritura y su combate de sombras: el libro, la tinta, los plumíferos y la página en blanco. Asimismo cotiza un selecto bestiario que involucra a los ya convocados, junto a sus hermanos de tinta: la cucaracha, la mosca, el león, el sapo. Otros rasgos son el tratamiento de la soledad, las complejidades del deseo y una crítica sosegada a los caracteres femeninos.
            Por otra parte, los raptos de lirismo que impulsan sus creaciones dan fe y color a una parte considerable de los relatos, sobre todo los acogidos en la segunda parte del libro. Y no sólo prosa poética los distingue, también contundencia y clausuras inapelables, sólidas invenciones, personajes trazados con sapiencia.
              Hace unos meses tuve la ocasión y el privilegio de conocer CuCos en su etapa de manuscrito, en ese entonces busqué en mis procesos de lectura erratas, ripios, anfibologías, influencias negativas, planteamientos ambiguos y finales inconclusos, pero nada de eso encontré al ejercer mi antiguo oficio de editor. En cambio hoy, en mi segunda acometida, ya en su entidad como libro —cobijado por la extraordinaria y honorable colección Anís del Mono—, me asombraron ciertos asuntos, de los cuales no me percaté en su momento por andar explorando gazapos, también entendí los conflictos morales en que se involucra a los héroes de cada relato. Por último, me fueron dadas las redenciones que solicitan esos mismos seres a la hora de desplegarse la trama de sus historias y, sobre todo, las epifanías donde se redimen sus complejos.
              Afortunadamente, la humanidad es querida por Laura Elisa, pues cree y confía en ella, pero eso no significa que deje de retratar las infidencias, las cobardías, los abusos, las taras, los deseos y las conquistas de esos pequeños seres que pululan en el microcosmos de sus relatos. Seres por lo demás anónimos, domésticos, urbanos, los condenados a quedar fuera de los anales de la gran Historia, pues los que le interesan a esta novísima autora mexicana (Ciudad de México, 1984) no pertenecen al linaje de los caudillos, los héroes broncíneos de la patria, la estirpe de los apóstoles o los santos inmaculados. De ninguna manera, la gente anodina, carente de atributos, que puebla sus ficciones es la que se afinca en el epicentro de sus historias. Esa misma gente, a su vez, catapulta los conflictos morales, las redenciones y las epifanías que albergan cada uno de los cuentos breves que se acomodan en este libro de iniciación cuentística. Por estas razones, a Laura Elisa le agradezco el placer y el honor de su lectura, sus enseñanzas y la constatación de que la promesa que era ya cuajó en una escritora madura, atenta a la circunstancia de sus invenciones, a las exigencias del género y a las tesituras que su voz literaria reclama.

Laura Elisa Vizcaíno, CuCos, prólogo de Raúl Renán, México, Ficticia, 2015, 103 pp. (Biblioteca de Cuento Anís del Mono, 50).

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