Lo mató un chapero de 17 años. No alcanzaron un acuerdo sobre el precio del servicio, discutieron, y la cosa terminó en paliza con resultado de muerte.
Lo mató la misma izquierda que años atrás le expulsó del partido comunista. Por degenerado burgués. Por maricón. Por católico. Por ser un enemigo incómodo dentro de su campo.
Lo mató un grupúsculo fascista. Por homosexual. Por intelectual. Por comunista. Por las tres cosas simultáneamente. Más que un ser humano, era el símbolo viviente de todo cuanto odiaban.
Lo mató algún asesino a sueldo de las cloacas del estado. Investigaba para un libro y conocía las tramas de criminalidad y corrupción que implicaban a sus más altas personalidades. Había que evitar el escándalo y lanzar una advertencia a quien osara seguir su ejemplo.
No hay pruebas concluyentes. El autor o autores continúan siendo una incógnita. Lo único seguro es que el cuerpo de Pier Paolo Pasolini fue encontrado cerca de la estación término el 2 de noviembre de 1975. Su presencia era incómoda para tantas instituciones y tantas personas que quizá todas ellas se congregaron para darle muerte.
El asesinato de un solo individuo puede contener la explicación de la sociedad de un país, de un mundo y de una época igual que una microficción puede reflejar la historia entera. Esta semana entrevistaremos a Arantza Portabales, compartiremos un relato de Italo Calvino, tendremos por invitado de lujo a Javier Perucho —que nos hablará de CuCos, de Laura Elisa Vizcaíno—, y conoceremos la imagen de noviembre del Calendario Microcuentista de 2016 de La Inter.
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