Siempre había anhelado formar parte de la escolta de la escuela y ésta era mi oportunidad hasta de ser el abanderado. Practicamos por semanas todos los protocolos para honrar a nuestro lábaro patrio, hasta que llegó el gran día. Al comenzar la ceremonia, el director me entregó la bandera y se me inflamó el pecho de orgullo. En el centro del patio principal, cada vez que alzaba la mirada, veía el escudo nacional ondeando, haciendo parecer que el águila volaba por todo lo alto del cielo. Yo me hundía en un éxtasis. De pronto noté un extraño invasor en nuestra insignia tricolor. Al mirar detenidamente, descubrí con asombro que se trataba de una escurridiza cucaracha. Agité disimuladamente el estandarte para hacer caer al asqueroso blátido, pero sólo logré que aparecieran seis más. Decidido a que no mancillaran el emblema nacional, arrojé la bandera al suelo y arremetí contra ellas a pisotones. Era un especie de heroico Santo Enmascarado bailando el jarabe tapatío. En realidad nunca supe si pude exterminar al enemigo, ya que a la mitad de mi acto patriótico el director se abalanzó sobre mí y, aunque opuse resistencia, logró cargarme en su hombro para sacarme sin importar que yo gritara: "¡No me saquen! ¿Qué no ven que bajo el escudo nacional se esconde un nido de cucharachas?".
Alonso Díaz de Anda, en Alebrije de Palabras: Escritores mexicanos en breve, BUAP, 2013.

Muy bueno. Un aplauso.
ResponderEliminarGrandes detalles .😁
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