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| Foto: Susana López |
IM: Anteriormente, en otra entrevista, dijiste algo que nos llamó poderosamente la atención. Aseguraste que un escritor no debe estar necesariamente comprometido, ya que ese compromiso podría catalogarse de perecedero. Aprovechemos, Miguel A., extiéndete aquí acerca de lo que quisiste decir.
MAZ: Creo recordar que lo dije para Literalia TV, sí. Me refería a que no creo en la literatura cuyo objetivo esencial sea proclamarse discurso de alguna causa. El peligro cuando eso ocurre es el de terminar cargando un lastre insalvable para las calidades artísticas de la obra. Pienso en la oda admirada de Neruda a Stalin, los textos más nacionalistas de Giménez Caballero, los delirios filofascistas de D´Annunzio, la obra posfuturista de Mayakovski o ciertos arrebatos ideológicos del Cortázar parisino. Ese concepto de filiación literaria con una idea suele caducar con la revolución o la regresión siguiente. El compromiso debe ser siempre con la propia ambición artística del autor, con sus posibilidades creativas, y reflejar o no el descontento o el éxtasis de una época o una convicción personal debe corresponder, en cualquier caso, a los personajes de una novela o un cuento, no traslucir la superestructura ideológica de su autor. Si no, estaremos confundiendo obra artística y panfleto con ínfulas.
IM: Suponemos que tu labor como docente de Geografía e Historia ha contribuido de manera determinante a tu Literatura, pero queremos dejar de suponer. Cuéntanos cómo influye esa experiencia en tu labor como narrador.
MAZ: Siempre he pensado en la docencia como una suerte de campo de entrenamiento o un laboratorio. La vida en el aula propone tantas posibilidades para estudiar a las personas en tantos contextos diferentes que no imagino una indagación mejor para los observadores enfermizos que somos los escritores. Hay que pensar en la idea de treinta individuos compartiendo seis o siete horas al día en un espacio cerrado, sometidos a la dictadura amable del pupitre y la silla, dirigiendo las miradas y la atención a un tipo que debe suponerse versado en literatura, historia, botánica, geología, tecnología, religión o trabajos con macramé. Es, en el fondo, una relación teatral, forzada, antinatural, casi surrealista.
En esa circunstancia cotidiana, no hay carácter que no se muestre en toda su salvaje gloria o su magnífica miseria. Yo anoto mentalmente anécdotas y gestos y reacciones. Yo soy un notario de esos presos políticos que tengo delante, temiendo que en cualquier momento desarticulen mi precaria autoridad y salten hacia mí para devorarme. Hasta que eso ocurra, seguiré observándoles mientras hablo de Napoleón. Seguiré haciendo de ellos materia literaria.
IM: Quisiéramos que nos contaras un poco acerca de los retos de escribir géneros distintos. Pero no queremos ahondar en el tema de la extensión, ya que nos parece un poco estúpido insistir en una pregunta que pareciera tener un factor común como respuesta. Por eso, Miguel A., cuéntanos más allá de ese componente, ¿cómo se diferencia desde tu perspectiva la aventura de escribir una novela, un cuento, un microrrelato?
MAZ: Son modos de construir diferentes, y hablo con cierto conocimiento de causa porque he publicado microrrelato, cuento y novela. Hipólito Navarro definió alguna vez sus cuentos, microrrelatos y prosas breves como textos y nada más que textos. Entiendo y comparto la idea. Los límites entre microrrelato, cuento, relato breve, nouvelle o novela son tan concretos o tan difusos como el escritor pretenda.
¿No es “La metamorfosis” un relato con un tratamiento del tiempo y el dibujo de personajes propio de la novela? ¿Es más exhaustiva “Almas muertas” que “La nariz” o “El capote” de Gógol, examina al hombre con mayor profundidad por ser una obra de mayor extensión? ¿”Leporella” o “Carta de una desconocida” de Zweig no se imbrican en tramas y subtramas en apenas unos párrafos? ¿No puede uno resumir el argumento de las mil y pico páginas de letra minúscula de “La montaña mágica” en medio minuto? ¿Resulta acaso posible hacer lo mismo con las miniaturas de “El boxeador y un ángel” de Ayala o “La casa de cartón” de Martín Adán, inabarcables laberintos de lo maravilloso en menos de cien páginas? El peso del género está en la intención artística, la intensidad narrativa y el alcance de la construcción ficcional, no en un número concreto de páginas. Por eso, hoy debemos trabajar desde la hibridación y el difuminado en los límites intergenéricos.
Uno encuentra un argumento, se tropieza tantas veces con él que sabe que terminará llevándoselo a casa. Una vez en la cocina lo abre en canal y ahí, en esas vísceras, encuentra algunas pistas sobre si debe hacer un sushi rápido o un asado que requiera unas cuantas horas de cocina. El plato será exquisito o incomible no por la dedicación de horas con el delantal puesto (la plusvalía no es un concepto aplicable al arte), sino por la adecuación a las necesidades culinarias del momento, al deseo de los comensales, a los usos gastronómicos de la época…
Fuera de paralelismos con la alta cocina, a mí me funciona una especie de norma casi confuciana: si sabes el principio, el desarrollo y el final de lo que vas a escribir, será un microrrelato, si sólo conoces el principio e intuyes el posible final será un cuento, y si apenas tienes un par de apuntes sobre lo que podría ser el punto de partida de algo, deberías escribir una novela. Lo fascinante es que siempre llegas a algún sitio. Y si no, siempre te queda decir que es un cóctel personal de prosa poética novelada, o así.
IM: Habría que ser ciego para no darse cuenta de que en España el microrrelato tiene exponentes de extraordinaria trayectoria y calidad, caso que quizá solo se asimila al de Argentina. ¿Qué crees que suceda para que tu país los escritores del género tengan mayor aceptación y —atrevámonos a decirlo— mejores intenciones con el microrrelato?
MAZ: No sé si es posible establecer una competencia por el podio del microrrelato hispánico en la actualidad. Sí que es cierto que las diferentes escuelas al otro lado del Atlántico ya tienen su propio panteón de autores actuales al margen de los clásicos de siempre. Hablo de Shua, Epple, Brasca, Valenzuela, Torri… El testigo se recoge en España en los últimos años con una generación de autores nacidos desde principios de los 60 (permíteme que no diga nombres, siempre se me olvida alguien y luego pago las consecuencias en nombre del microorgullo herido) y auspiciado por la labor incansable y exitosa de editoriales especializadas (Menoscuarto, Páginas de Espuma, Traspiés, Cuadernos del Vigía, Talentura…) que han dado cabida a autores y propuestas a través de antologías y publicaciones a fondo perdido. Quizá haya sido este trabajo editorial de riesgo y apuesta heroica, romántica y loquísima el espaldarazo definitivo para que esas creaciones mínimas salgan de sus cajones y vean la luz en los anaqueles de las librerías. Si a esto le sumamos el apoyo logístico de publicaciones digitales (Internacional Microcuentista, sin ir más lejos), blogs de autores y lectores con creciente número de visitas y revistas especializadas que incluyen textos breves de autores de prestigio de forma regular (Quimera, Litoral…) el panorama es realmente alentador.
IM: Así lo niegue, todo padre tiene un hijo predilecto. Sincérate con nosotros y dinos entre Baúl de prodigios y Revelaciones y magias de cuál de tus dos libros del género te sientes más orgulloso. ¿Por qué? ¿Qué te da uno que no tiene el otro? ¿Qué tiene que envidarle el uno al otro?
MAZ: Es complicado elegir. Se me va a enfadar uno de los dos niños.
Quizá Baúl de prodigios es una obra más arrebatada, más intuitiva y feroz, más desinhibida. No me preocupaba lo más mínimo ser canónico en cuanto a las taxonomías de lo breve y son textos con un grado importante de experimentación, desde la prosa poética hasta el relampagueo del spot.
En Revelaciones y Magias ya hay tal vez una arquitectura más consciente de las herramientas del género, y aunque el resultado es una continuación estilística y estética del primer libro, hay más labor de reflexión en la naturaleza y composición de los textos, más equilibrio. En la segunda parte de esta última obra, además, ensayo un híbrido entre el aliento de iluminaciones del género breve y las intenciones constructivas y totalizadoras de la novela, algo que podríamos llamar “micronovela”.
De cada obra me quedo con aspectos creativos diferentes, aunque sean de la misma sangre.
IM: Miguel A., ¿por qué el humor? ¿Por qué no el drama, el terror o cualquier otro pretexto para escaparnos de la realidad?
MAZ: El humor es un arma de doble filo. Por un lado, permite ofrecer ángulos inauditos de la realidad al desmontar el sentido único que la costumbre otorga a las cosas. Convierte lo real en algo amorfo, flexible, casi gelatina que sirviera para moldear nuevos sentidos, significados e interpretaciones. Por otro lado, la vis cómica (cuando es sutil y no mero trazo grueso) tiene el peligro de congelarnos la sonrisa al constatar que habla de nosotros con una ferocidad escondida detrás del maquillaje de la carcajada. Es un espejo que primero deforma y luego nos ofrece un rostro que puede llegar a espantarnos al reconocernos en él de una forma nueva, quizá indeseada.
No os fieis del humor, suele estar cargado de mala hostia a espuertas. Mis textos más breves y mi primera novela se entreveran de un humor negro y esperpéntico con un lazo muy mono para despistar a los incautos.
IM: Esta labor que realizamos en La Ínter es puramente filantrópica, pero en algún momento nos vamos a cansar. ¿Crees que el microrrelato en algún momento va a tener la notoriedad, la importancia o la difusión que le dan a la novela?
MAZ: Creo que ya tiene notoriedad suficiente, pero me temo que es un prestigio académico y artístico, no comercial. Aún demasiados lectores confían en la calidad al peso, como en los zocos persas. Esto no debe ser necesariamente desalentador, sino que puede ser un buen indicador de que el género está filtrando en sus propios alambiques destilados delicadísimos, que prima la calidad de lo muy breve en aquello que ve la luz desde editoriales valientes como las que decía yo antes y otras más que surgen de cuando en cuando con ánimo aventurero.
Lo que sí reclamo para darle al género la proyección que merece por la calidad de muchos de sus creadores es un mayor rigor en antologías, compilaciones y certámenes, en los que a veces se valora como bueno el chiste fácil o la ingeniosidad de baratillo; en definitiva, lo que nunca deber ser un microrrelato. En la novela ya es una causa perdida, porque hay mercado para lo vulgar auspiciado por el prestigio de los buenos cultivadores del género, pero en el ámbito de la ficción hiperbreve hay que cuidar el género como si fuese seda de Damasco, que no se cuele el primer bloguero o tuitero con un minuto libre para calzarnos sus chorradas insustanciales. Que no sea la brevedad la coartada de siempre para los denostadores de siempre. Esto es confitura, no la hagamos gelatina con sulfitos.
Un libro: Entre los archivos del distrito, de Kenneth Bernard.
Una película: Moonrise kingdom, de Wes Anderson.
Una comida: dolmadakia con salsa de yogurt y musaka.
Una ciudad: Madrid.
Un secreto: De niño tenía un amigo imaginario, se llamaba Félix: creo que aún vive, pero tiene cataratas, úlcera sangrante y una pensión ridícula.
Un amor platónico: Afrodita “A”.
Un equipo de fútbol: Real Madrid, hoy; la selección húngara de los 50, en mi imaginario futbolístico platónico.
Un deseo: dos: salud para mi familia y la jubilación a los veinte años.
Una frivolidad: comerme una anguila a la salsa verde en el restaurante “Marc Chagall”, en Brujas.
Un prodigio: oír a un niño de dos años crear su propio lenguaje para contar el mundo.

En desacuerdo con la respuesta del autor respecto al compromiso social y su influencia en sus textos. Creo que se puede hacer buena literatura social. Es más, creo que se debe hacer: es un arma poderosa del escritor. Otra cosa es que se haga mal y salga un panfleto. Pero también la asepsia social en los escritos rezuma frialdad en la mayoría de los casos. En cualquier caso, cada uno que escriba lo que le dé la gana. El lector decidirá.
ResponderEliminarYo coincido, más bien, con el planteamiento de Miguel en la primera respuesta. No hay asepsia social en escribir al margen de, como él dice, la "superestructura ideológica" de cada autor en cuestión, sino otro modo de decir. Se me hace muy difícil pensar en una forma de literatura que no sea social. Quizás la verdadera diferencia se halle en la categoría de "panfleto" a la que alude Lola. Yo diría que, en los términos de este debate, la buena lkiteratura siempre será social, y la mala siempre será socialista. Un abrazo cordial y felicidades por la entrevista. Pedro Ugarte
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