Un bello instante: la gente humilde de Ayerbe ofrece cuanto tiene en un banquete. Los vecinos se abrazan a los soldados para proclamar la República. Es 12 de diciembre de 1930. Día del fin de la monarquía corrupta y su dictadura. Del comienzo de una vida de ciudadanos en lugar de una de súbditos.
Sólo por ese instante ha merecido la pena, piensa el capitán, antes de ordenar que detengan el automóvil donde le han empujado a emprender la huida.
Tuvo que ser audaz: los políticos del Comité Revolucionario chachareaban y retrasaban la fecha del levantamiento. Los espías del gobierno afilaban sus oídos. La nieve pronto cerraría los caminos. Tuvo que convertirse en la chispa que prendiera el incendio.
Faltaban vehículos. Y pertrechos. La marcha triunfal hacia Madrid, a la que se uniría el pueblo y los regimientos, partió con retraso. El gobierno organizó sus tropas y las envió a su encuentro.
Hubo provocaciones e intercambio de disparos. Ordenó el alto el fuego. No habría marcha triunfal tras el enfrentamiento. Carecía de sentido derramar sangre.
Su regimiento corrió en desbandada. Permaneció inmóvil, en silencio. Le empujaron dentro de un automóvil en el que emprender la huida.
Se entregará. No tiene por qué huir. Él, Fermín Galán, es culpable de sublevarse contra un orden tiránico y corrompido. Lo lleva a orgullo. Puede haber perdido esta partida pero el final del juego dista de estar decidido.
Hay repúblicas que duran un breve pero que contienen todas las humillaciones del pasado y todos los sueños del futuro. De la misma manera, el microrrelato contiene toda la literatura y anuncia la que vendrá. Así lo expresan los relatos de Ana María Matute y de Ángel Fabregat que aparecerán esta semana en La Ínter.
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