Nació pobre y campesino. Trabajó en una serrería. Se alistó en el ejército durante la primera guerra mundial, evento en el que los campesinos pobres derramaban toda su sangre a mayor gloria de las arcas del Zar.
En febrero de 1917 estalló la revolución. Se adscribió a los Socialistas Revolucionarios de Izquierdas. Llegó a dirigir su soviet.
En octubre del mismo año, estalló una segunda revolución, la bolchevique. El partido al que pertenecía se opuso y provocó un motín. Se alineó en contra del partido y participó en la represión del motín. Después se unió a los bolcheviques.
Combatió a los enemigos del comunismo. Progresó en el ejército. Fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja por sus servicios al Estado, el Partido y la Revolución.
Pero durante la gran purga de 1937 cometió un fallo: defendió a Serdich, acusado de traidor. Se atrevió a condenar la falta de base de las denuncias mediante los que muchos camaradas eran remitidos al Gulag o al patíbulo.
Fue arrestado y sometido a un juicio donde sus méritos anteriores pasaron a ser pruebas en contra. Si participó en tribunales militares, fue para condenar a inocentes. Si sirvió fielmente en el ejército, fue para sabotearlo impunemente. Si, contra su partido, se alineó con los bolcheviques en el 17, fue porque estaba en su naturaleza ser un traidor. Si nació pobre y campesino fue para introducirse en el socialismo y destruirlo desde dentro.
Lo condenaron a muerte. Lo ejecutaron el 29 de julio de 1938. Lo rehabilitaron tras morir Stalin. Tenía un nombre propio. Se llamaba Iván Belov. Pero en su mundo y en su tiempo el destino colectivo arrollaba como una apisonadora a todos y cada uno de los individuos.
Individualidades colectivas o colectivos individuales, esta semana acudirán a la Internacional Microcuentista Horacio Quiroga y José Manuel Ortiz Soto. Prestará declaración Marcos Rodríguez Leija. Y disertaremos sobre Griego para perros, de Antonio Baez.
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