Puede que se trate de una patología asociada a aquellos que han conseguido dominar prácticamente toda Europa: un día te despiertas por la mañana y no tienes mejor ocurrencia que lanzarte a invadir Rusia.
Le sucedió a Napoleón un 23 de junio de 1812. Al frente de un ejército de más de seiscientos mil hombres. Parecía fácil sobre el papel: entrar a toda velocidad y aplastar la escasa resistencia que podía oponer el enemigo.
Pero sucedió que el tamaño de Rusia no se puede contener en un papel. Una cosa es la escala y otra la distancia. Y la distancia parecía sobrepasar por miles de kilómetros el concepto de infinito.
Menos por estrategia que por imperativo numérico, las tropas rusas apenas acosaron a Napoleón. Batallas, escarceos y huidas. Poco más. En poco más de tres meses se plantó en Moscú. Sólo que Moscú estaba ardiendo. Y no quedaba nada qué comer.
A la maldita distancia, que imposibilitaba la llegada de víveres y el control del territorio, se sumó un enemigo cuya potencia tampoco calculabas por verla escrita en un papel: el frío. El frío que acosó toda su retirada, apoyado por las armas de las tropas rusas que anteriormente habían visto huir.
Distancia, frío, hambre y tropas rusas redujeron el ejército de 614.000 a menos de 50.000. Escaso ejército para mantener el dominio sobre Europa entera. Insuficiente, incluso, para mantener en el poder a un solo Napoleón.
Más de un siglo después le volvió a ocurrir lo mismo a Hitler. Tal vez desconocía el mecanismo del cuento, a diferencia de Pedro Crenes Castro, Carolina Fernández y Sara Lew que nos traerán los suyos esta semana. Y de Sandro Bossío Pérez, cuyo Territorio Muerto analizaremos esta semana.
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