El asunto es de máxima urgencia. El observatorio espacial se llama de Fresnedillas cuando comparte término municipal con Navalagamella. Eso, según el alcalde del municipio, no puede ser.
Pero el de Fresnedillas no está dispuesto. Él cedió más terrenos y a un precio más ventajoso. Se volcó desde un principio en el proyecto. Lo lógico es que el observatorio lleve el nombre de su pueblo.
El director del centro sopesa las razones airadas de ambos y mira el reloj. Se le ocurre una solución que pueda contentarles: ¿qué tal si la estación pasa a llamarse de Fresnedillas-Navalagamella?
Los dos hombres abandonan el despacho satisfechos. El director vuelve a sus tareas con urgencia. Es 21 de julio de 1969. Faltan minutos para que Houston transfiera la comunicación al observatorio. No deja de ser paradójico, piensa, que el hombre esté a punto de alcanzar la Luna y que yo tenga que andar resolviendo una disputa territorial entre cromagnones. Máxime si tenemos en cuenta que los americanos son incapaces de pronunciar Fresnedillas —y, no digamos ya, Navalagamella— y conocen el observatorio simplemente por Madrid.
Un pequeño paso para la humanidad pero un gran paso para el hombre.
Esta semana nos asomaremos a la obra de María Paz Ruíz Gil, autora colombiana afincada entre Madrid y la Luna.
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