Comité Editorial

11 de agosto de 2014

Pompeya

          Había viajado largamente en barco; había viajado una noche inter­minable en un tren ceniciento y por fin, hacia la madrugada, había viajado en un cabeceante coche de alquiler. Ahora estaba en Pompeya. Cuando pisó las gradas, su cuerpo tembló. Reco­rrió las ca­lles donde el pasto y la maleza crecían entre las piedras abandonadas. El sol, implacable, arran­caba deste­llos níveos de los frag­mentos de co­lumnas y de los trozos de mármol dispersos en los senderos. Se quitó los zapa­tos y co­rrió hasta lasti­marse los pies. Pegada al muro, sin a­liento, esperó. El aire ardiente dibujó el llamado de las tórto­las. Al atarde­cer, cítaras y risas ondu­laron arri­ba, entre los ci­pre­ses. Sin abrir los ojos, la mujer elevó una arcai­ca plegaria de agra­deci­miento. Se soltó el pelo y dejó caer el ves­tido junto al muro. Se apresu­ró. Los co­men­sales habían llegado y el ban­quete estaba por co­menzar. En el círculo de peces y delfi­nes que dibuja­ban los mo­saicos, dos ado­lescentes desnu­dos espera­ban la señal del dueño de casa para trabarse en una lucha que era juego. La mujer alzó la mirada radiante y se buscó en el fresco hasta en­con­trar­se. Allí era donde pertenecía. 

Sylvia Iparraguirre, del libro inédito de textos breves Del día y de la noche.
Tomado de http://www.sylviaiparraguirre.com.ar

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