Había viajado largamente en barco; había viajado una noche interminable en un tren ceniciento y por fin, hacia la madrugada, había viajado en un cabeceante coche de alquiler. Ahora estaba en Pompeya. Cuando pisó las gradas, su cuerpo tembló. Recorrió las calles donde el pasto y la maleza crecían entre las piedras abandonadas. El sol, implacable, arrancaba destellos níveos de los fragmentos de columnas y de los trozos de mármol dispersos en los senderos. Se quitó los zapatos y corrió hasta lastimarse los pies. Pegada al muro, sin aliento, esperó. El aire ardiente dibujó el llamado de las tórtolas. Al atardecer, cítaras y risas ondularon arriba, entre los cipreses. Sin abrir los ojos, la mujer elevó una arcaica plegaria de agradecimiento. Se soltó el pelo y dejó caer el vestido junto al muro. Se apresuró. Los comensales habían llegado y el banquete estaba por comenzar. En el círculo de peces y delfines que dibujaban los mosaicos, dos adolescentes desnudos esperaban la señal del dueño de casa para trabarse en una lucha que era juego. La mujer alzó la mirada radiante y se buscó en el fresco hasta encontrarse. Allí era donde pertenecía.
Sylvia Iparraguirre, del libro inédito de textos breves Del día y de la noche.
Tomado de http://www.sylviaiparraguirre.com.ar

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