Debe tomarlo como la crítica de un humilde espectador. Él no es cineasta. Él no es más que un georgiano con bigote.
No tiene nada que objetar a la realización de la película. Digna de un maestro. Quizá algo parca en espacios abiertos. A él cuando va al cine le gusta contemplar la belleza del paisaje nacional y de sus gentes. Una manía personal. Tal vez de hombre poco cultivado.
Los actores, soberbios. Encarnan a la perfección a los personajes históricos que interpretan. Pero es a estos personajes en los que, en su opinión, no se hace justicia.
No le desagrada que aparezca reflejada la inmensa crueldad del zar. Pero le pesa que se presente como una actitud individual, desvinculada de las circunstancias históricas que le tocó vivir y del peso que se echó sobre los hombros. No les regaló el país a los alemanes, como hicieron sus predecesores y sus sucesores. Quiso construir una nación fuerte y orgullosa, que no se plegara a intereses extranjeros. Él, sin ser guionista, cree que es un hecho reseñable al abordar la biografía del personaje.
Aunque lo que más le disgusta no es eso. Lo que le disgusta es el tratamiento que se le da a la guardia personal del zar. Aparecen como una banda de forajidos. Esbirros sin escrúpulos dedicados al pillaje y al asesinato. Él, sin ser historiador, tiene entendido que se trataba de un cuerpo de élite. Un cuerpo dedicado a la persecución de traidores, saboteadores y enemigos del estado en una época donde el estado y el zar eran la misma cosa.
De todas maneras le apena haber conocido la orden del 4 de agosto de 1946 que desautoriza el estreno de la película si su director no se aviene a introducir mejoras en el montaje final. Mejoras que dependen exclusivamente de su voluntad, claro. Él en eso no se mete. No está cualificado. Él no es más que un humilde georgiano con bigote que, con tesón, ha llegado a ser Jefe de Estado, Secretario General del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, martillo de nazis y faro y guía del proletariado mundial. No debe tener más en cuenta la opinión del amigo y camarada Stalin que la de cualquier hombre de la calle.
Eisenstein asiente. Eisestein morirá sin ver estrenada su película. Su título oficial era la Conjura de los Boyardos, segunda parte de Ivan el Terrible. Dentro de su cabeza siempre la llamó Nota de Suicidio.
Esta semana, La Internacional Microcuentista proyectará la obra del autor mejicano Marcos Rodríguez Leija. Sin cortes. Ni censuras.
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