Comienzo a escribir por la presencia de un detonador. A veces es una palabra, una frase temática o una imagen que tomo de la realidad, de una película, de un libro, etc. A partir de ahí someto el detonador a un asedio mediante la escritura que sería como el cerillo que enciende la mecha. Lo importante entonces es no detenerse y escribir todo lo que venga a la mente, llenar una hoja (sea de la computadora o de papel). Ya en esa materia inicial puede estar contenido el microrrelato y entonces sólo hay que eliminar lo demás. El lugar donde me sucede todo esto tiene que ser en casa. En la calle lo que hago es comportarme como un cazador de imágenes que aprovecharé después, a la hora de escribir.
En diferentes ocasiones me han dado la opinión de que mis textos tienen “atmósfera”, imágenes y poesía, y pienso que es, por una parte, debido al proceso con el que los escribo y, por otra, debido a la carga de imágenes con que uno cuenta en la imaginación. Casi nunca me resigno a escribir un simple relato, me interesa el trabajo poético con el lenguaje, el “qué” y el “cómo” juntos, de manera que a veces mis textos tienden hacia el poema en prosa, la viñeta, la definición poética.
Por lo general soy nocturno para la escritura porque es la hora en la que puedo tener a la mano mis libros, la computadora y una buena taza de café. La lectura es muy importante para aprender a escribir; sin una buena dosis de libros leídos es difícil, si no imposible, asimilar las cuestiones formales que requiere el texto. Para disfrutar de un paseo en auto, primero debes saber conducir, dominar la mecánica del manejo para poder entonces dedicar los sentidos a lo que sucede fuera del auto. Lo mismo sucede con nuestro manejo del lenguaje. Una vez dominados los rudimentos de la escritura, puede el escritor acceder a ese estado de felicidad por el acto de contar una historia, un estado de abstracción muy peculiar que personalmente espero con ansiedad y que extraño cuando termina.
Se puede ser disciplinado y escribir a la misma hora todos los días. En lo particular esto no funciona para mí: escribo cuando tengo ganas, cuando llegó la hora porque una imagen en mi mente no me deja en paz. Así, no me angustio por pasar varios días, semanas, meses sin escribir, porque sé que el momento volverá. Mientras tanto leo y busco imágenes provocadoras en la realidad.
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La gotera
Una gota. Cae una gota en la sala. Llueve. Oigo que cae en la cubeta cada vez más llena. Tengo un último cigarro, y uno, quizás dos cerillos en el buró. Los de la compañía cortaron la luz y ya está oscureciendo. Sigo tumbado en la cama, oyendo caer las gotas. He prendido el cigarro; el último cigarro que se va consumiendo mientras cae la noche. En cada chupada veo mi mano bajo el fulgor naranja de la brasa. Ya deben ser las ocho. Seguro ya son las ocho, pues llaman a la puerta; cada vez más fuerte golpean, resoplan, insultan. La espera ha terminado. No me muevo. Es mi último cigarro. Vienen por los muebles. Eso. Seguro que vienen por los muebles.
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Historia de una hoja
Suspendida de una rama, a veinte metros sobre la plaza, la última hoja del árbol, ya rendida a su condición pasajera —marchitos tegumento y nervaduras—, se mece al viento y se desprende. Va dejando al caer —breve navío del viento—, su delicada huella de luz para nadie. En el suelo, en cambio, la hoja revive en la hojarasca; rueda y sucumbe, acaso, al peso de una mujer quien, apenas verla, ha sentido el impulso de pisarla. Entonces, convertida en crujido leve, alcanza el oído atento de la muchacha y se aleja del parque, prendida entre los labios, ya sonrisa que se mece.
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Gilberto Marti Lelis Sánchez. Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Tlaxcala (México). Sus textos han sido publicados en diarios locales y nacionales, en páginas literarias en la web, así como en las Antologías Cien fictimínimos: microrrelatario de ficticia y Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve.

Breves y sutiles palabras caen y suenan en mis adentros para convertirse en microrrelatos.
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