¿El proceso creativo? Interesante, porque creo que la minificción sale a
la primera, el resto son detalles, aunque estos detalles minúsculos impliquen
la reescritura total del texto. A mí se
me ocurren las minis en el transporte público o en el coche, en esa duermevela
cuando me acuesto o en la cola del banco, y también se me ocurren cuando estoy
con otras personas —lo que considero menos nocivo que estar pegado al teléfono
celular. La minificción tiene vida propia mucho antes de ser plasmada en el
medio correspondiente.
Decía Borges que toda biblioteca es un proyecto de lectura, y no hay
gran lector que no posea más libros de los que va a alcanzar a leer en una sola
vida. De la misma manera, un
minificcionista ha «inventado» más minirelatos de los que podrá escribir durante
su corta estancia en el mundo. La obra de este raro espécimen de escritor tiene
algo así como la música de Mozart, sus
silencios son igual de importantes que su sonido.
A mí la minificciones que sobreviven el tamiz —del olvido o la mera
desidia— me llegan a la pluma o a la computadora ya escritas, nomás me queda
actuar a la manera de un médium o —para ir más a tono con la época— un módem.
Estos textos no sólo brindan satisfacciones cuando son leídos, o cuando son
plasmados en la página en blanco; su recompensa está implícita desde el momento
que se nos prende el foco.
A estas alturas de la literatura podemos descartar la otrora —y agora—
manidérrima cantaleta de que hay autores que no escriben sino para ellos
mismos, afirmación la cual, de ser cierta, implicaría que habría sido hecha
para ellos mismos: ¿pescaron la ironía? Los lectores son, entonces, la
ocupación principal de los autores, y si lectores de minificciones, tan
fugaces, fractales y proteicos como ellas. Esto pasa para las creaciones que llegan
al papel, por supuesto. Me pregunto en qué dimensión o campo astral viven las
que nunca tocaron este universo. Me espanta un poco pensar que estas últimas
son como la masturbación, que a final de cuentas —cuentos— requiere de más
imaginación.
Termino con otro símil musical:
Sería interesante hacer concursos de minificción de viva voz, donde los
autores serían como aquellos maestros repentistas del son huasteco. No creo que
me iría tan mal, a veces me sorprendo recitando el germen de mis letras en un parque
o en la terraza, o en alguna simple caminata, recurriendo a esa materia prima
de tanto creador: la locura.
Bajo llave
Le escribía
versos muy hermosos. Le decía que en su corazón tenía un cofre donde atesoraba
sus tersos ojos, la miel de sus caderas y la tan sutil sarta de marfil que se
agazapaba tras sus labios rojos. Había suspiros y sonrojos, la suma de sus
pechos y el tañido febril de ese cuerpo que despertaba en él un infierno de
antojos.
En otro
cofre —uno que guardó en el clóset— puso ojos, caderas, pechos y sonrisa.
También tuvo cuidado de meter mucho algodón para absorber tanta sangre.
Rubén Pesquera Roa
(México, DF), Biólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México. Tiene una
fructífera obra de ficción y no ficción diseminada en antologías y manuales de
ciencia. Es asiduo colaborador de varios portales de internet. Ha sido coordinador
del taller de minificción La Marina.
Ay, Rubén, que alegría verte por aquí y leerte un texto tan, tan largo :-).
ResponderEliminarY me hace ilusión que hayas elegido ese micro, ya ves.
Abrazosos y besosos.
Uno de tus famosos textos de humor negro. Beso.
ResponderEliminarElisa, sólo te aclaro que ellos seleccionaron esta mini. Yo les envié varias. Besosos de vuelta.
ResponderEliminarQué alegría encontrarte en la IM, Rubén. También yo recito en voz alta "el germen de mis letras"; de no hacerlo así, no escribo
ResponderEliminarTe dejo un fuerte abrazo
Yo creo que Rubén es un caso excepcional. Cuando tuve el honor de ser jurado en La Marina, no podía quedarme con ninguno de sus textos, todos me parecían magníficos. Un abrazo muy fuerte.
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