Bajo los focos, ante las cámaras, desde la sala de prensa de la Casa Blanca, el presidente Gerald Ford indulta al ex presidente Richard Nixon de cualquier delito que haya podido cometer durante su mandato.
Explica que se debe a mantener la tranquilidad de la nación.
En los hogares, en las cafeterías, en las redacciones de los periódicos, los americanos quedan boquiabiertos. Nixon espió al partido rival, desvió fondos, grabó conversaciones privadas y manipuló la campaña electoral para mantenerse en el poder. Torpedeó la investigación de esos delitos y mintió al congreso y a la nación. Trituró las normas de la democracia y de la convivencia.
En su casa de campo, lejos de cualquier mirada, Nixon escucha el líquido de la historia fluir por las tuberías. Vasos que comunican el napalm cayendo sobre Vietnam con el tráfico mundial de heroína. Ejércitos mercenarios que masacran terceros países a las órdenes de la CIA. Reclutas de la invasión de Bahía Cochinos que reaparecen en Dallas cuando asesinan a Kennedy, y en Menphis cuando el día que cae abatido Martin Luther King.
Sabe que esa tranquilidad de la nación a la que se refiere Ford consiste en mantener ese líquido —mezcla de mentiras, ambición, sangre y veneno— en el interior de las tuberías.
Las historias circulan por todas partes. Las de Marco Denevi y Francesc Barberá Pascual lo harán esta semana en la Internacional Microcuentista. Y en la sección Qué fue de tu blog charlaremos con Jesús Esnaola, autor de El Dr. Frankestein, supongo.
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