Abandonado por todos, temeroso de un golpe militar, Adolfo Suárez presentó la dimisión como presidente del gobierno de España en 1981. Pero siempre quiso volver.
Volver a los días en que fue elegido por el rey para realizar el ale-hop que transformó la dictadura en democracia sin que se movieran las cosas del sitio. Los días en que, aprovechando el éxito de la maniobra, revalidó su cargo de presidente a dedo gracias a los votos de los ciudadanos.
Los días de ovaciones y aplausos. De codearse con grandes mandatarios. De cambiar la realidad dictando leyes o deslizando un dedo sobre el mapa. Demasiado para un hombre de origen humilde que había trepado, sonrisa a sonrisa y favor a favor, por los estrechos escalones de una clase política dictatorial y oligárquica.
Se desvaneció el hechizo: los mismos que le ayudaron a subir le empujaron escaleras abajo. No era uno de los suyos. No era más que un palurdo con suerte. Le apearon del cargo por lo civil y por lo militar.
Pero siempre quiso volver. Se empeñó en volver. Hasta el 25 de mayo de 1991, momento en que los pésimos resultados de las elecciones le empujó a dimitir y a abandonar.
En ocasiones la vida se reduce a un instante fugaz hacia el que el resto del tiempo se encamina y tras el que el resto del tiempo es nostalgia. El microrrelato captura ese instante. Buena muestra de ello son los cuentos de Julia Otxoa y de Pedro Antonio Valdez que aparecerán esta semana en la Internacional Microcuentista. Y los que pueden disfrutarse en el blog La Espada Oxidada, sobre cuyas visicitudes nos hablará su autor, Manu Espada.
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