Miguel Gila falleció el 13 de julio de 2001. Era la segunda vez. La primera fue ante el pelotón de fusilamiento en 1938.
Había nacido en 1916, 1917 y 1919. De padre que trabajaba en un taller o en una fábrica y era moreno, castaño y rubio. De madre que, en aquel momento, estaba en la peluquería o comprando perejil. Lo seguro es que su abuela se llamaba Gregorio porque, cuando vino al mundo, los humildes no sabían distinguir entre niños y niñas. Al poco quedó huérfano: su padre, que combatía en Marruecos, se puso tan contento al saber de su nacimiento, que sacó la cabeza de la trinchera y se la volaron de un disparo. A su madre la perdió cuando intentaban llegar con un barco carguero desde Australia a Zamora y el barco encalló en el río Duero. Gila tuvo suerte y flotó, cual Moisés, dentro de una cesta. Lo recogió un mendigo que lo vendió a unos condes. Con ellos fue feliz hasta que se empeñaron en que estudiara ingeniería naval, cosa a la que se negó, recordando el trauma de su naufragio, por lo que marchó a aquella guerra donde lo matarían por primera vez.
Puede parecer extraño. Absurdo incluso. Puede parecer que Gila inventaba y reinventaba su biografía para hacer reír. Pero a Gila lo fusilaron en 1938 y perdió un año después perdió la guerra. Fue condenado a no hablar, a no decir, a no contar su historia. Sólo mediante el chiste, mediante la risa, pudo burlar la censura y la persecución de aquellos incapaces de entender que el humor puede encerrar las historias más serias y más tristes.
Cuidado con las historias: pueden llevarte hasta el mundo que realmente habitas. Esta semana contaremos con Tere Susmozas, repasaremos los textos breves de Italo Suevo y compartiremos los tuits de @Bruno_Kaz.
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