Hiram Barrios, coleccionista de
intensidades
Juan Antonio Rosado
En toda
colección o antología hay un prurito vitalista de conservar, mantener, exhibir
a partir de un criterio subjetivo que, por supuesto, deja ver mucho más del
antologador y de su criterio que de los textos antologados. Todo coleccionista
necesariamente es un crítico, pero, como afirma Ernst Jünger en uno de sus
aforismos: “Para el crítico es tan difícil no hablar de sí mismo como para el
criminal no dejar ninguna huella detrás”. Hiram Barrios, crítico, ensayista,
traductor, cultivador del aforismo, emprendió durante años una amorosa pesquisa
para entregarnos una de las antologías más originales en el ámbito literario
mexicano; original porque no coleccionó géneros tradicionales (cuento, poesía o
fragmentos de extensas obras narrativas o dramáticas), sino uno de los géneros
argumentativos más breves: el aforismo, tal vez la forma incendiaria —chispa de
pensamiento que enciende conciencias, puñetazo certero de una idea a otra—
menos estudiada o valorada en nuestro país, acaso porque esta chispa, este
puñetazo sea tan rápido y certero —arroja la piedra y esconde la mano, como
diría Novo en un verso— que ha sido uno de los géneros menos experimentados.
A
pesar de lo anterior, Hiram Barrios, en su Lapidario,
antología del aforismo mexicano (1869-2014), demuestra que este género
huidizo, prófugo del pensamiento, condensador de mundos, efectivamente ha sido
cultivado en los jardines de las letras mexicanas por diversos jardineros —mexicanos
o extranjeros establecidos en México— nutridos por la savia del aforismo
tradicional, particularmente el de corte filosófico. ¿Quién no recuerda a La
Rochefoucald, a Pascal, a Lichtenberg, Nietzsche, Jünger o Cioran, por
mencionar a algunos de entre los más conocidos? Hiram Barrios, jardinero de
aforismos, ha visitado aquellos jardines de senderos que se conectan en el
tiempo y espacio mexicanos, experimentó la gula del intelecto, una de las más
apasionadas y apasionantes, y con glotonería y avidez, al cortar más de mil
frutos maduros de cien árboles, se percató de que esos jardines y esos senderos
son en realidad un inmenso bosque con múltiples aromas, trampas, pantanos,
insectos y toda clase de peligros; una lírica e intensa vorágine de la que Arturo
Cova quizá hubiera podido escapar por la lucidez y ausencia de barreras, sobre
todo si consideramos los caminos que trazó Hiram Barrios para aumentar la
comprensión y amenidad de su paradójicamente extenso volumen. Y digo
“paradójicamente” porque siendo el aforismo uno de los géneros más breves,
Hiram ha construido un vasto libro que, sin embargo, es sólo un fragmento del
aludido bosque.
El
compilador empieza recordándonos que todos los pueblos han cultivado alguna
forma de paremía o texto conciso, breve.
Cómo olvidar, por ejemplo, los epigramas de Marcial. En uno de ellos le responde
lo siguiente a un lector inconforme con la brevedad de sus textos: "Tú los
haces más breves todavía. Nada escribes". Es verdad: el silencio pasa
desapercibido, y a veces puede asociarse a la muerte. Acaso por ello los
epitafios sean otro género lapidario.
En
el prólogo a su antología, Hiram Barrios realiza un sucinto recorrido histórico
que indaga en el sentido etimológico del término "aforismo" y enlaza
este género argumentativo con otros igual de lapidarios. Es valioso el deslinde
que empieza a configurar entre proverbio, aforismo, refrán, dicho, minificción,
etc. El autor caracteriza al aforismo como un género que requiere
"brevedad extrema, visión autoral generalmente transgresora” e “independencia
textual". También enuncia las variedades de aforismos. Esta escritura
prosística se asemeja al ensayo por su naturaleza híbrida, pero no llega a ser
ensayo debido a su brevedad y, agregaríamos, a su gran cantidad de elementos
tácitos, a su certera elipsis. Y sin embargo, dicho silencio es justo el que
nos obliga a inferir e ir más allá de las palabras. El lector, como coautor, debe
completar de alguna manera el ensayo, o por lo menos la argumentación, y decirse:
"Estoy de acuerdo" o "no estoy de acuerdo" con tal
afirmación por esta o aquella razón. Es verdad: el aforismo sólo afirma (no
desarrolla una idea ni argumenta un razonamiento), pero hay mucho detrás de su
afirmación, y eso lo debe descubrir el lector. Por ello el aforismo se dirige a
la inteligencia para hacerla sonreír, ganarle en una rápida carrera, indignarla
o volverla cómplice. Podría afirmarse que el aforismo es el yo-crítico o el yo-cínico de los que habla Hiram Barrios, pero en complicidad con
el yo-lírico. Este último garantiza
la supervivencia del texto en tanto literatura, en la medida en que resulta el
vehículo o la forma que revela una técnica, un estilo, y ya sabemos que en la técnica radica el arte, no en el
tema como tal. El aforismo, además, a diferencia del proverbio, no intenta
aleccionar en el sentido tradicional. Barrios lo ha expresado bien en una frase
que en sí misma podríamos considerar como aforismo, aunque no sea independiente
o pensada como tal. Afirma Hiram Barrios: "El aforismo sabotea la moraleja".
¿Será, en ese sentido, la auténtica antifábula? No porque la fábula es un
género narrativo. El aforismo, en cambio, es expositivo y argumentativo, pero
se rehúsa a explicar, y allí radica una de sus virtudes.
Como
el gourmet que no se contenta con comer, sino que racionaliza, secciona y
selecciona, succiona, saborea y combina sustancias, Hiram Barrios acumuló en
seis bosquecillos a los cien árboles-autores. Sus criterios preferidos al
seleccionar los textos fueron la economía verbal, el humor, el cambio de
paradigmas, el moralismo rebelde, así como la mirada crítica y transgresora. En
primer lugar, los precursores: tres autores del siglo XIX: Juan M. Balbontín,
Maximiliano de Habsburgo y el ubicuo Ignacio Manuel Altamirano, una de las
cabezas más lúcidas y con la que, por cierto, mantengo lazos indisolubles tras
dedicar casi cuatro años de mi vida a elaborar las ediciones críticas y
anotadas de sus dos novelas más leídas. Luego aparece la sección titulada “Los
albores del aforismo. Siglo XX”, con 10 nombres, entre los que destaca otra
personalidad ubicua: Alfonso Reyes, pero también el ya de por sí lapidario
Julio Torri y tres escritores del grupo de Contemporáneos.
Lo que Hiram llama “Medio siglo”, tercera parte de su álbum, almacena a once
escritores (entre ellos, otro ubicuo, Octavio Paz, y un escritor para
escritores: Salvador Elizondo). Después, en “Diáspora y exilio”, desfilan 14
presencias extranjeras, como José Gaos, Luis Cardoza y Aragón, Sergio Golwarz y
Augusto Monterroso. En la parte titulada “Fin de siglo” se exhiben muestras
publicadas a partir de los setenta; entre otros, los aforismos de José Emilio
Pacheco, Agustín Monsreal, Marco Antonio Campos, Jaime Moreno Villarreal, Felipe
Vázquez y Juan Carvajal (recuerdo bien muchos de sus Aphorismythos en el suplemento Sábado, cuando lo dirigía Huberto
Batis). Por último, la esperanzadora sección llamada “Propuestas para el nuevo
milenio” incluye a quienes publicamos nuestros libros de aforismo al arrancar
el siglo XXI, si bien, en mi caso, varios habían aparecido ya en Sábado a
mediados de los noventa. Esta última sección incluye, entre otros muchos, a
Raúl Renán, Guillermo Samperio, Raúl Aceves, Eusebio Ruvalcaba, Adolfo
Castañón, Eko, Aurelio Asiain, Armando González Torres, Héctor Zagal y Luigi
Amara. Sería tedioso mencionarlos a todos en una nota tan breve como esta, y no
se trata de traicionar la brevedad.
Tal
vez una característica intrigante de muchos aforismos —lo mismo ocurre con ciertas
greguerías de Ramón Gómez de la Serna— sea su deliberada ambigüedad, su
explícito guiño de ojo que a menudo encierra humorismo, pero también ironía, es
decir, amargura. Un ejemplo es
Cioran, aunque este rumano dijo también, en un aforismo: “Todo lo que se puede
clasificar es perecedero. Sólo sobrevive lo que es susceptible de diversas
interpretaciones”. Gran cantidad de aforismos mexicanos posee el rasgo
anterior: es susceptible de diversas interpretaciones. Cito algunos ejemplos:
de Armando González Torres, "Yo también diariamente me traiciono, me
castigo y me redimo"; de Luigi Amara, "Odiarse significa todavía
creer en uno mismo"; de Adolfo Castañón, "Qué decadencia: nos
quejamos por un pelo en la sopa en vez de pedir más"; de Luis Alberto
Ayala Blanco, "Nadie se salva. ¿De qué? Eso es lo de menos"; de
Merlina Acevedo, "El enamorarse es una fiesta de disfraces"; de
Francisco León González, "El aforismo dice todo, aunque le falte decir lo
demás", y de Aurelio Asiain, "También el pasado puede empeorar".
Podría citar muchos más, pero este texto —insisto— atentaría contra la
concisión. Sospecho que ya lo hizo. Por ello, unas últimas palabras...
Todo compilador
—creo que Hiram Barrios no es la excepción— pretende contribuir a forjar una
especie de “canon”, aunque cualquier inteligencia, por más precaria que sea,
perfectamente sabe que, si bien hay nombres que se repiten —y que quizá se
repetirán en los cánones literarios del futuro—, finalmente todo canon es tan
relativo, dinámico, cambiante como cualquier fenómeno cifrado por el tiempo y
el espacio; en suma, como cualquier fenómeno cultural. Y
todo antologador pienso que también intenta rescatar algo para la posteridad.
Espero que lo logre este volumen que nos invita a pensar, a reír, a viajar por
el pensamiento, aunque tenga que permanecer entre la abrumadora minoría de
seres pensantes. Lo anterior me lleva a dos aforismos de Ernst Jünger, y ya que
empecé citando a este autor, cierro este escrito con dos de sus lapidarios
textos que más me han perturbado en el buen sentido, por amargos, ácidos y
terriblemente realistas. El primero dice así: “Con el progresivo deterioro de
la cultura podría llegarse a temer la gloria póstuma como producto de una
selección negativa”, y el segundo: “La fama póstuma es algo más bien de temer
en tiempos en los cuales la gente se vuelve más necia generación tras
generación”. Como quiera que sea, para mí el aforismo siempre será el género en
que lo máximo se acurruca en lo mínimo, y esta antología lo demuestra con
creces.
Juan
Antonio Rosado
se desempeña como narrador, ensayista, investigador y crítico literario. Es
autor de la novela El Cerco (2008),
sobre el narcomenudeo en las escuelas y las situaciones de acoso escolar.
También publicó el libro de cuentos Las dulzuras del Limbo (2003); el
libro de poemas y aforismos Entre ruinas (2008),
así como los libros de ensayos Palabra y
poder (2006); Juego y Revolución (dos
ediciones, 2005 y 2011); Erotismo y
misticismo (2005); El engaño
colorido (dos ediciones, 2003 y 2011); Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria
(2001); El presidente y el caudillo (2001)
y En busca de lo absoluto (2000),
sobre la obra de Ernesto Sabato. Es autor del manual Cómo argumentar. Antología y práctica (dos ediciones, 2004 y 2010).
Colaboró en la realización del Diccionario
de literatura mexicana del Siglo xx (2000 y 2004). En España acaba de
aparecer su edición crítica y anotada de dos novelas de Altamirano: Clemencia y El Zarco. Ha publicado más de 600 artículos en libros colectivos,
antologías, revistas literarias y suplementos culturales. En dos ocasiones, fue
becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. También fue becario de
Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). En 1998, la UNAM le otorgó
la Medalla Alfonso Caso. En septiembre de 2000, fue ganador del Premio de
Ensayo Juan García Ponce. En 2002 obtuvo el grado de Doctor en letras por la
UNAM.

Soy amiga íntima de los aforismos, ahí va uno: Convíertete en mazorca de alquería, desanda el río hacia el manantial, de vuelta a la inocencia.
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