Comité Editorial

12 de agosto de 2015

Hiram Barrios, coleccionista de intensidades

Hiram Barrios, coleccionista de intensidades

Juan Antonio Rosado

En toda colección o antología hay un prurito vitalista de conservar, mantener, exhibir a partir de un criterio subjetivo que, por supuesto, deja ver mucho más del antologador y de su criterio que de los textos antologados. Todo coleccionista necesariamente es un crítico, pero, como afirma Ernst Jünger en uno de sus aforismos: “Para el crítico es tan difícil no hablar de sí mismo como para el criminal no dejar ninguna huella detrás”. Hiram Barrios, crítico, ensayista, traductor, cultivador del aforismo, emprendió durante años una amorosa pesquisa para entregarnos una de las antologías más originales en el ámbito literario mexicano; original porque no coleccionó géneros tradicionales (cuento, poesía o fragmentos de extensas obras narrativas o dramáticas), sino uno de los géneros argumentativos más breves: el aforismo, tal vez la forma incendiaria —chispa de pensamiento que enciende conciencias, puñetazo certero de una idea a otra— menos estudiada o valorada en nuestro país, acaso porque esta chispa, este puñetazo sea tan rápido y certero —arroja la piedra y esconde la mano, como diría Novo en un verso— que ha sido uno de los géneros menos experimentados.
            A pesar de lo anterior, Hiram Barrios, en su Lapidario, antología del aforismo mexicano (1869-2014), demuestra que este género huidizo, prófugo del pensamiento, condensador de mundos, efectivamente ha sido cultivado en los jardines de las letras mexicanas por diversos jardineros —mexicanos o extranjeros establecidos en México— nutridos por la savia del aforismo tradicional, particularmente el de corte filosófico. ¿Quién no recuerda a La Rochefoucald, a Pascal, a Lichtenberg, Nietzsche, Jünger o Cioran, por mencionar a algunos de entre los más conocidos? Hiram Barrios, jardinero de aforismos, ha visitado aquellos jardines de senderos que se conectan en el tiempo y espacio mexicanos, experimentó la gula del intelecto, una de las más apasionadas y apasionantes, y con glotonería y avidez, al cortar más de mil frutos maduros de cien árboles, se percató de que esos jardines y esos senderos son en realidad un inmenso bosque con múltiples aromas, trampas, pantanos, insectos y toda clase de peligros; una lírica e intensa vorágine de la que Arturo Cova quizá hubiera podido escapar por la lucidez y ausencia de barreras, sobre todo si consideramos los caminos que trazó Hiram Barrios para aumentar la comprensión y amenidad de su paradójicamente extenso volumen. Y digo “paradójicamente” porque siendo el aforismo uno de los géneros más breves, Hiram ha construido un vasto libro que, sin embargo, es sólo un fragmento del aludido bosque.
            El compilador empieza recordándonos que todos los pueblos han cultivado alguna forma de paremía o texto conciso, breve. Cómo olvidar, por ejemplo, los epigramas de Marcial. En uno de ellos le responde lo siguiente a un lector inconforme con la brevedad de sus textos: "Tú los haces más breves todavía. Nada escribes". Es verdad: el silencio pasa desapercibido, y a veces puede asociarse a la muerte. Acaso por ello los epitafios sean otro género lapidario.
            En el prólogo a su antología, Hiram Barrios realiza un sucinto recorrido histórico que indaga en el sentido etimológico del término "aforismo" y enlaza este género argumentativo con otros igual de lapidarios. Es valioso el deslinde que empieza a configurar entre proverbio, aforismo, refrán, dicho, minificción, etc. El autor caracteriza al aforismo como un género que requiere "brevedad extrema, visión autoral generalmente transgresora” e “independencia textual". También enuncia las variedades de aforismos. Esta escritura prosística se asemeja al ensayo por su naturaleza híbrida, pero no llega a ser ensayo debido a su brevedad y, agregaríamos, a su gran cantidad de elementos tácitos, a su certera elipsis. Y sin embargo, dicho silencio es justo el que nos obliga a inferir e ir más allá de las palabras. El lector, como coautor, debe completar de alguna manera el ensayo, o por lo menos la argumentación, y decirse: "Estoy de acuerdo" o "no estoy de acuerdo" con tal afirmación por esta o aquella razón. Es verdad: el aforismo sólo afirma (no desarrolla una idea ni argumenta un razonamiento), pero hay mucho detrás de su afirmación, y eso lo debe descubrir el lector. Por ello el aforismo se dirige a la inteligencia para hacerla sonreír, ganarle en una rápida carrera, indignarla o volverla cómplice. Podría afirmarse que el aforismo es el yo-crítico o el yo-cínico de los que habla Hiram Barrios, pero en complicidad con el yo-lírico. Este último garantiza la supervivencia del texto en tanto literatura, en la medida en que resulta el vehículo o la forma que revela una técnica, un estilo, y ya sabemos que en la técnica radica el arte, no en el tema como tal. El aforismo, además, a diferencia del proverbio, no intenta aleccionar en el sentido tradicional. Barrios lo ha expresado bien en una frase que en sí misma podríamos considerar como aforismo, aunque no sea independiente o pensada como tal. Afirma Hiram Barrios: "El aforismo sabotea la moraleja". ¿Será, en ese sentido, la auténtica antifábula? No porque la fábula es un género narrativo. El aforismo, en cambio, es expositivo y argumentativo, pero se rehúsa a explicar, y allí radica una de sus virtudes.
            Como el gourmet que no se contenta con comer, sino que racionaliza, secciona y selecciona, succiona, saborea y combina sustancias, Hiram Barrios acumuló en seis bosquecillos a los cien árboles-autores. Sus criterios preferidos al seleccionar los textos fueron la economía verbal, el humor, el cambio de paradigmas, el moralismo rebelde, así como la mirada crítica y transgresora. En primer lugar, los precursores: tres autores del siglo XIX: Juan M. Balbontín, Maximiliano de Habsburgo y el ubicuo Ignacio Manuel Altamirano, una de las cabezas más lúcidas y con la que, por cierto, mantengo lazos indisolubles tras dedicar casi cuatro años de mi vida a elaborar las ediciones críticas y anotadas de sus dos novelas más leídas. Luego aparece la sección titulada “Los albores del aforismo. Siglo XX”, con 10 nombres, entre los que destaca otra personalidad ubicua: Alfonso Reyes, pero también el ya de por sí lapidario Julio Torri y tres escritores del grupo de Contemporáneos. Lo que Hiram llama “Medio siglo”, tercera parte de su álbum, almacena a once escritores (entre ellos, otro ubicuo, Octavio Paz, y un escritor para escritores: Salvador Elizondo). Después, en “Diáspora y exilio”, desfilan 14 presencias extranjeras, como José Gaos, Luis Cardoza y Aragón, Sergio Golwarz y Augusto Monterroso. En la parte titulada “Fin de siglo” se exhiben muestras publicadas a partir de los setenta; entre otros, los aforismos de José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal, Marco Antonio Campos, Jaime Moreno Villarreal, Felipe Vázquez y Juan Carvajal (recuerdo bien muchos de sus Aphorismythos en el suplemento Sábado, cuando lo dirigía Huberto Batis). Por último, la esperanzadora sección llamada “Propuestas para el nuevo milenio” incluye a quienes publicamos nuestros libros de aforismo al arrancar el siglo XXI, si bien, en mi caso, varios habían aparecido ya en Sábado a mediados de los noventa. Esta última sección incluye, entre otros muchos, a Raúl Renán, Guillermo Samperio, Raúl Aceves, Eusebio Ruvalcaba, Adolfo Castañón, Eko, Aurelio Asiain, Armando González Torres, Héctor Zagal y Luigi Amara. Sería tedioso mencionarlos a todos en una nota tan breve como esta, y no se trata de traicionar la brevedad.
            Tal vez una característica intrigante de muchos aforismos —lo mismo ocurre con ciertas greguerías de Ramón Gómez de la Serna— sea su deliberada ambigüedad, su explícito guiño de ojo que a menudo encierra humorismo, pero también ironía, es decir, amargura. Un ejemplo es Cioran, aunque este rumano dijo también, en un aforismo: “Todo lo que se puede clasificar es perecedero. Sólo sobrevive lo que es susceptible de diversas interpretaciones”. Gran cantidad de aforismos mexicanos posee el rasgo anterior: es susceptible de diversas interpretaciones. Cito algunos ejemplos: de Armando González Torres, "Yo también diariamente me traiciono, me castigo y me redimo"; de Luigi Amara, "Odiarse significa todavía creer en uno mismo"; de Adolfo Castañón, "Qué decadencia: nos quejamos por un pelo en la sopa en vez de pedir más"; de Luis Alberto Ayala Blanco, "Nadie se salva. ¿De qué? Eso es lo de menos"; de Merlina Acevedo, "El enamorarse es una fiesta de disfraces"; de Francisco León González, "El aforismo dice todo, aunque le falte decir lo demás", y de Aurelio Asiain, "También el pasado puede empeorar". Podría citar muchos más, pero este texto —insisto— atentaría contra la concisión. Sospecho que ya lo hizo. Por ello, unas últimas palabras...
Todo compilador —creo que Hiram Barrios no es la excepción— pretende contribuir a forjar una especie de “canon”, aunque cualquier inteligencia, por más precaria que sea, perfectamente sabe que, si bien hay nombres que se repiten —y que quizá se repetirán en los cánones literarios del futuro—, finalmente todo canon es tan relativo, dinámico, cambiante como cualquier fenómeno cifrado por el tiempo y el espacio; en suma, como cualquier fenómeno cultural. Y todo antologador pienso que también intenta rescatar algo para la posteridad. Espero que lo logre este volumen que nos invita a pensar, a reír, a viajar por el pensamiento, aunque tenga que permanecer entre la abrumadora minoría de seres pensantes. Lo anterior me lleva a dos aforismos de Ernst Jünger, y ya que empecé citando a este autor, cierro este escrito con dos de sus lapidarios textos que más me han perturbado en el buen sentido, por amargos, ácidos y terriblemente realistas. El primero dice así: “Con el progresivo deterioro de la cultura podría llegarse a temer la gloria póstuma como producto de una selección negativa”, y el segundo: “La fama póstuma es algo más bien de temer en tiempos en los cuales la gente se vuelve más necia generación tras generación”. Como quiera que sea, para mí el aforismo siempre será el género en que lo máximo se acurruca en lo mínimo, y esta antología lo demuestra con creces.


Juan Antonio Rosado se desempeña como narrador, ensayista, investigador y crítico literario. Es autor de la novela El Cerco (2008), sobre el narcomenudeo en las escuelas y las situaciones de acoso escolar. También publicó el libro de cuentos Las dulzuras del Limbo (2003); el libro de poemas y aforismos Entre ruinas (2008), así como los libros de ensayos Palabra y poder (2006); Juego y Revolución (dos ediciones, 2005 y 2011); Erotismo y misticismo (2005); El engaño colorido (dos ediciones, 2003 y 2011); Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria (2001); El presidente y el caudillo (2001) y En busca de lo absoluto (2000), sobre la obra de Ernesto Sabato. Es autor del manual Cómo argumentar. Antología y práctica (dos ediciones, 2004 y 2010). Colaboró en la realización del Diccionario de literatura mexicana del Siglo xx (2000 y 2004). En España acaba de aparecer su edición crítica y anotada de dos novelas de Altamirano: Clemencia y El Zarco. Ha publicado más de 600 artículos en libros colectivos, antologías, revistas literarias y suplementos culturales. En dos ocasiones, fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. También fue becario de Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). En 1998, la UNAM le otorgó la Medalla Alfonso Caso. En septiembre de 2000, fue ganador del Premio de Ensayo Juan García Ponce. En 2002 obtuvo el grado de Doctor en letras por la UNAM.


1 comentario:

  1. Soy amiga íntima de los aforismos, ahí va uno: Convíertete en mazorca de alquería, desanda el río hacia el manantial, de vuelta a la inocencia.

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