En 1978, el presidente prosoviético de Afganistán fue derrocado por otra facción del mismo partido favorable a EEUU. Menos de 24 horas tardó la URSS en hacerse con el control del país para asombro y temor del mundo.
Pronto descubrieron que, menos que un estado, Afganistán era un territorio donde se asentaban diversas tribus, todas ellas unidas por el odio a los comunistas quienes, siendo una minoría urbana, se habían enfrentado a su religión y sus costumbres milenarias.
En cada desfiladero, cada camino, cada campo sembrado, cada pueblo y cada aldea aguardaba el enemigo. Guerreros de todos los países islámicos afluían a las montañas. Asesores de la CIA y armas norteamericanas mermaban las fuerzas de las cada vez más moralmente mermadas fuerzas invasoras.
De la pretensión de confraternizar con el pueblo se pasó a la destrucción aérea y a la política de tierra quemada. Cada nuevo y crudo ataque engendraba más rebeldes y engrosaba las filas del enemigo.
Diez años más tarde, el 5 de agosto de 1988, las tropas soviéticas abandonaban la capital del país, primer paso de una larga y penosa retirada que marcaría su derrota.
En ocasiones los diminutos vencen a los gigantes. Como en los cuentos de Jorge Timossi o Fernando Iwasaki. O en los tuits de @microtintero.
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