Ángel Zapata nació en Madrid, en 1961. Profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores, es autor de La práctica del relato (1997), Las buenas intenciones y otros cuentos (2001), El vacío y el centro. Tres lecturas en torno al cuento breve (2002), y La vida ausente (Páginas de Espuma, 2006).Entre otros galardones, ha obtenido el Premio ‘Ignacio Aldecoa’ de cuento, Premio ‘Jaén’ de relato, ‘Ciudad de Cádiz’, ‘Ciudad de Huelva’, y el Premio de la ‘Fundación Fernández Lema’. Tuvo a su cargo la edición de Escritura y verdad (Cuentos completos de Medardo Fraile), en Páginas de Espuma, y ha publicado igualmente la traducción de Poesía y revolución, de Louis Janover, y André Breton y los datos fundamentales del Surrealismo, de Michel Carrouges,
Su trabajo como cuentista ha sido antologado en Pequeñas Resistencias. Antología del nuevo cuento español (Páginas de Espuma, 2002), Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (2010) y Mar de Pirañas, nuevas voces del microrrelato español (2012).
IM: Es claro que un lector que coincida con obra definitivamente se encuentra con una voz absolutamente distinta, desde la narrativa y la historia que eliges para escribir. ¿Cómo definirías tu literatura?
AZ: Mi escritura ha ido variando en el tiempo. Empezó como un diálogo con la tradición del cuento español. Y desde ahí ha ido evolucionando hasta la propuesta de Materia oscura, donde se da una ruptura con el marco formal que representa el género del cuento y con la propia idea de narratividad. Definir mi trabajo sería más bien tarea de los críticos, a mí me es imposible tener una noción demasiado clara sobre lo que hago ¿Qué busco con la escritura? Seguramente expresar mi rechazo hacia la realidad tal como ha sido configurada por la sociedad capitalista, y convocar, en la medida de mis capacidades, las potencialidades poéticas y emancipatorias que están en tod@s nosotr@s.
AZ: «La llave de los campos» fue un colectivo de orientación surrealista que desarrolló su actividad entre los años 2005 y 2008 aproximadamente. Nos inspiraba un deseo de
activismo anticapitalista, y –sobre todo– eso que el poeta Mario
Cesariny definió con tanta precisión al hablar de «un proyecto político de vida poética». Como colectivo, nos dedicábamos a la agitación cultural dentro del entorno del cuento, a las intervenciones callejeras de corte situacionista, a los juegos grupales, y a la búsqueda de formas de experiencia que rompieran con el texto normativo de la cotidianidad y con los códigos de relación que esta sociedad impone. Creo que la experiencia fue altamente transformadora para tod@s l@s que participamos en ella. Y en el territorio del relato breve dejó libros como Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón, El otro fuego, de Inés Mendoza, Andar por el aire, de Julio Jurado, El síndrome del pez, de Emilia Lanzas, o mi libro La vida ausente.
IM: Oficiar de escritor y a la misma labor de crítico debe suponerte un reto tremendo. ¿Cómo combinas estas dos actividades teniendo en cuenta que en la mayoría de oportunidades podrían catalogarse como opuestas, incluso como enemigas?
AZ: En un sentido estricto, yo no me considero crítico. Es verdad que he trabajado como reseñista de libros. Y es cierto también que he publicado una obra divulgativa sobre la creación literaria, La práctica del relato, y un título más, El vacío y el centro, que es un libro de análisis textual, una disciplina muy específica, ligada a los supuestos del post-estructuralismo. Matizo todo esto, porque pienso que la crítica literaria propiamente dicha es la que se ejerce dentro del entorno académico, y queda sujeta por ello a unos criterios de validación rigurosos. Por la misma razón, no pienso en absoluto que haya ninguna “enemistad” esencial entre críticos y creadores, y tampoco entre la parte crítica y la parte creadora dentro un autor. Es verdad que la parte más intensa y más auténtica del acto poético tiene lugar por fuera del saber; esto ya está en Platón. Pero «por fuera del saber» no es «sin saber». Pensar que se puede escribir sin un diálogo con el saber es una fantasía narcisista. Y a la vez, si el acto de escritura no rodea o rebasa ese saber en dirección a lo impensado y lo no-sabido, lo que obtendremos serán obras predominantemente miméticas, de un valor relativo.
IM: Sin rodeos, ¿qué opinión te merece el microrrelato español y latinoamericano actual?
AZ: Aristóteles se refiere bellamente a la metafísica como «la ciencia buscada». Creo que con el microrrelato pasa algo parecido: ahora mismo es «el género buscado», es un modo de escritura en estado naciente, que explora sus límites, sus zonas de intensidad, sus potencialidades y sus líneas de fuga, y esto lo convierte en una aventura sencillamente apasionante.
IM: Cuéntanos un poco de tu labor académica. ¿Cómo es tu experiencia como docente en talleres y escuelas de escritores? Atrévete a compartirnos una anécdota que te haya sucedido con alguno de tus estudiantes.
AZ: Tal como yo lo concibo, en un taller de escritura hay dos tareas básicas. La primera es impartir una serie de conocimientos técnicos imprescindibles. La segunda es acompañar a un autor o autora en la búsqueda de su voz, su sensibilidad, su modo de situarse frente a la experiencia poética. La primera tarea es objetiva. La segunda no puede llevarse a cabo sin un encuentro existencial en el que ambas partes, el artista acompañado y el que acompaña, resultan transformados. Por eso es en sí misma una labor creativa y poética. Contar anécdotas sobre ello no es cuestión de atrevimiento. Es que los momentos más bellos y más intensos de esta tarea no se dejan decir, son irrepetibles, se olvidan, y desde ese olvido pasan a formar parte de lo que somos.
IM: Tu obra ha sido reconocida en certámenes de cuento y relato de prestigio. ¿Cuál es tu opinión de estos y otros concursos? ¿No te da la impresión de que hay demasiados o sugerirías tal vez que se trata de un fenómeno estimulante para aquellos que quieren dedicarse a escribir?
AZ: Por principio, a mí no me gusta la competitividad y creo que deberían fomentarse otros modos de difusión, de reconocimiento y estímulo que no pasaran por los dichosos «premios». A falta de ellos, para los escritores y escritoras que empiezan los concursos suponen una palmada en la espalda, y un indicio, también, de que su deseo de escribir no es una pura quimera.
IM: Del mismo modo, has aparecido en antologías dedicadas al cuento y al microrrelato. Queremos ahondar en este tema un poco y quisiéramos conocer tu opinión frente a la proliferación de este tipo de publicaciones. ¿Son una fórmula aprendida de las editoriales para evitar la publicación de un solo autor o quizá una combinación refrescante que aporta a la pluralidad del género?
AZ: Dentro del microrrelato creo que hay antologías oportunistas, hechas sin el menor rigor, que aprovechan la efervescencia del género con fines puramente comerciales. El peligro de estas antologías es que parten de una espectacularización y/o banalización de la brevedad, y esto, a medio plazo, tiene efectos nocivos en el desarrollo del microrrelato mismo. Son lo que son: libros pensados «para regalar», mero negocio, y no hay que tomarlas en serio. Luego hay otras antologías que se proponen ofrecer una muestra del territorio. Estas sí me parecen necesarias, sobre todo cuando las hacen estudios@s de prestigio que se atienen a criterios filológicos serios. Aun así, cualquier crítico competente sabe que aún es pronto para abordar la antología canónica del microrrelato, porque el género en sí es demasiado reciente... Y aparte de esto, también soy personalmente contrario a la idea misma de canon, y lo soy por dos razones. La primera, porque el canon identifica validez y excelencia, y esto es falso. La historia de la literatura está llena de aportaciones imprescindibles hechas por buenos escritores a los que quizá no calificaríamos de «grandes». Y la segunda, porque la percepción misma de la excelencia es histórica, como lo prueba, por ejemplo, el hecho de que la obra de Shakespeare fuese mayoritariamente tenida por aberrante y bárbara a lo largo del siglo XVIII. Creo, en suma, que las antologías responden a la pasión de lo «definitivo», que es muy humana, sí, pero que en materia de arte no deja de ser una pasión, y no un hecho.
IM: Ángel, ¿se está muriendo el microrrelato en internet? Si sobrevive, ¿a dónde deberíamos ir para visitarlo?
AZ: En la red se leen muchos horrores, qué duda cabe. Pero también algunas joyas, que atestiguan por sí solas la potencia y la vitalidad el género. La segunda parte de la pregunta me parece evidentemente capciosa, porque se la haces a un devoto de la Internacional Microcuentista.
Un libro: Imposible quedarme con uno.
Un autor: Muchos, los míos, es decir: los románticos, los simbolistas, los decadentes, los surrealistas…
Una película: Barry Lyndon.
Una ciudad: París.
Una comida: como buen goloso, paso directamente a los postres.
Un secreto: XXX.
Un amor platónico: Marlon Brando.
Un deseo: La Revolución, con mayúscula.
Una frivolidad: Mi fervor por la canción hortera de los 70.
Una buena intención: Mejor un ruego: que no repitan legislatura, por lo que más queráis…

Me uno al ruego.
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