El
niño del cazador iba todos los días a la montaña, detrás de su padre,
con el zurrón y el pan. A la noche volvían, con cinturones de palomas y
liebres, con las piernas salpicadas de gotitas rojas, que, poco a poco,
se volvían negras. El niño del cazador esperaba en el chozo de ramas,
oía los tiros y los contaba en voz baja. A la noche, tropezando con las
piedras, sentía los picos de las palomas, de las perdices y las
codornices, de los tordos, martilleando sus rodillas. El niño del
cazador soñaba hasta el alba en cacerías con escopetas y con perros. Una
noche de gran luna, el niño del cazador robó la escopeta y se fue en
busca de los árboles, camino arriba. El niño cazó todas las estrellas de
la noche, las alondras blancas, las liebres azules, las palomas verdes,
las hojas doradas y el viento puntiagudo. Cazó el miedo, el frío, la
oscuridad. Cuando le bajaron, en la aurora, la madre vio que el rocío de
la madrugada, vuelto rojo como vino, salpicaba las rodillas blancas del
tonto niño cazador.
Matute, Ana María, Los niños tontos, Media Vaca, 2000.

Un placer habe llegado hasta este espacio único
ResponderEliminarte dejo un saludo
Excelente 10 .
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