Muchas veces, en el acto de leer microficciones, es común encontrar historias brevísimas que, completadas por la imaginación del lector, son capaces de transformarse en otras más largas.
Son justamente ese tipo de textos los que nos entrega el escritor italiano Giorgio Manganelli en el libro que hoy comentamos, con el que el autor obtuvo el importante Premio Viareggio.
Manganelli nació en Milán el 15 de noviembre de 1922 y falleció en Roma, el 28 de mayo de 1990, y además de una extensa carrera como escritor, ejerció como crítico, periodista, ensayista y traductor. Ha sido considerado como uno de los conceptistas más exuberantes surgidos de la Neoavanguardia
y el Gruppo 63, corrientes italianas de la segunda mitad del siglo XX.
En su libro Centuria: cien breves novelas-río (Anagrama, 1979), el autor regala un conjunto de cien textos de no más de una página de extensión, en los que narra historias breves que bien podrían ser argumento para una extensa novela, y en las que abunda el ingenio, el humor y la capacidad de sorpresa. En esa extensión breve, Manganelli logra introducir al lector en variados universos, para formar lo que el mismo autor define como “una vasta y amena biblioteca”.
Las pequeñas novelas-río de Centuria son protagonizadas por sujetos disímiles, que incluyen hombres solitarios y melancólicos, seres que no existen, fantasmas que se aburren, parejas en crisis y también sujetos comunes y corrientes, con los que cualquier lector podría sentirse identificado.
Muchos críticos han comparado la obra del autor de Centuria con la de Borges, Schwob, e incluso Calvino, para mencionar a algunos otros referentes del género brevísimo. Y la verdad es que la lectura de Centuria se disfruta con similar placer al que nos dan los libros de esos autores.
Centuria es un libro inclasificable, porque sus textos son quizás demasiado largos para ser considerados microficciones, no tienen por otra parte la estructura propia de un cuento y son demasiado breves para ser micro-novelas. Muchos críticos lo han catalogado, para intentar encuadrarlo en un formato conocido, como una “novela de novelas”. Pero, más allá de las etiquetas, lo importante es saber que se trata de un libro diferente, que se disfruta enormemente, porque invita a pensar (muchos lo han catalogado de filosófico), sorprende, provoca, estimula la imaginación, divierte, atrapa, motiva y deja al lector “con ganas de más”.
Utilizando a la perfección la técnica de mostrar apenas la “punta del iceberg” (tan común en la microficción), el genio de Manganelli omite adrede algunos detalles significativos, y deja expuestos entre líneas solo los necesarios para que el lector pueda luego imaginar la ficción entera, y construir su propia versión de la historia, con todos los condimentos posibles.
Por todo eso, recomendamos fervientemente este libro, afortunadamente rescatado y republicado por Anagrama en el año 2011, que viene repleto de momentos extraordinarios y con garantía de disfrute.

Este libro es una genuina Obra Maestra. Sin paliativos. Me alegra verlo por aquí.
ResponderEliminarSaludos,
Ángel.