Pablo Brescia vive desde 1986 en Estados Unidos, donde es profesor de literatura, crítico y escritor. Licenciado en Literatura y Filosofía y doctor en Lenguas y literaturas hispánicas ha publicado una monografía sobre el cuento hispanoamericano (Modelos y prácticas en el cuento hispanoamericano: Arreola, Borges, Cortázar) y coeditado varios volúmenes sobre diversos temas de literatura hispanoamericana. Como escritor, ha publicado dos libros de cuentos (La apariencia de las cosas y Fuera de lugar) y uno de textos híbridos (No hay tiempo para la poesía). Ademàs, escribe en su blog: Preferiría (no) hacerlo.
IM: En una entrevista anterior dijiste que cada los libros escritos son una especie de pago de deuda. Extiéndete un poco en esa metáfora.
PB: Creo que, como decía Antonio Tabucchi, todos los escritores somos un poco “ladrones”, o, por lo menos, deudores de libros que nos marcaron. En mi caso, mi primer libro de relatos, La apariencia de las cosas, le debe mucho a mis lecturas filosóficas y literarias de entonces: Sartre, Camus, Nietzsche, Kafka, Doestoevski, Poe, Borges, Sábato, Cortázar, Arreola, Monterroso, Sor Juana Inés de la Cruz y varios más. Para bien o para mal, los cuentos de ese primer libro dialogan con ellos y tratan de “pagarles” tanta buena literatura.
IM: Explícanos o, por lo menos, cuéntanos un poco acerca del fenómeno particular de tu blog sobre el doble perfil: Harry Bimer/Pablo Brescia.
PB: Harry aparece desde un agujero negro a partir de un personaje mal recordado de mi serie de televisión favorita, The Twilight Zone (en español se conoce como La dimensión desconocida). Quiso hablar con una voz que no era la de mis relatos y no pude impedírselo, sobre todo porque creo que merecía ser escuchado. Por eso surgen los textos híbridos o “pensemas” de No hay tiempo para la poesía. Así es que desde hace unos años convivimos juntos. A veces nos peleamos por ver quién usa el baño primero, pero en general nos llevamos bien.
IM: Pablo, eres profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad del Sur de la Florida. ¿Cuéntanos qué opinan tus estudiantes, sobre todo los norteamericanos, de los escritores de nuestra región? ¿Qué anécdota digna de mención nos puedes compartir en estos años de docencia en relación a esa conexión?
PB: Llevo enseñando literatura 15 años y las anécdotas son muchas. Mis estudiantes tienen una increíble diversidad: latinoamericanos o españoles trasterrados; hijos de hispanohablantes, estudiantes de otras naciones interesados por nuestra cultura (he tenido estudiantes de Rusia, de India, francoafricanos). Todos ellos tienen un gran interés y pasión por la lengua y por la literatura en español. Como pequeña anécdota, puedo contar que en una clase sobre el Boom latinoamericano, una estudiante chilena que había estudiado historia y no literatura me confesó que después de haber leído Rayuela su vida no sería la misma. Como profesor, ese el el máximo elogio que se puede recibir.
IM: En tus estudios de literatura, combinas el género con la filosofía y la tecnología. Atrévenos a darnos un charla corta sobre estos temas o cuéntanos cuál es el vínculo determinante de las corrientes para converger en algún punto.
PB: Creo que históricamente el punto de convergencia entre la filosofía y la literatura es la inquisición epistemológica sobre qué significa ser humano. Y en los últimos 30 años, desde mi perspectiva, se les ha agregado como tercer vértice del triángulo la tecnología, a tal punto que los estudios sobre lo “posthumano” ya están constituidos como área de investigación. Mi interés en esta convergencia está centrado principalmente en dos aspectos: (1) el efecto neurológico y psicológico del uso del internet y de las redes sociales en el ser humano, es decir, cómo nos constituimos como sujetos cibernéticos y (2) los efectos éticos de nuestra incipiente conversión a cyborgs, es decir a organismos que integran lo orgánico y lo artificial.
IM: Tu caso es similar al de nuestro admirado Juan Armando Epple. ¿Cómo termina un escritor latinoamericano dando clases de literatura en una universidad de Estados Unidos?
PB: Emigré a los Estados Unidos junto con mi familia a los 18 años. Hice toda mi carrera universitaria (primero filosofía y educación física y luego literatura) en ese país. Ya llevo más tiempo en Estados Unidos que en mi país natal, Argentina. Creo que estar en la periferia de la producción cultural hispánica te pone al margen de algunas cosas pero también te da ciertas libertades. Sí es cierto que los canales de circulación académica (es decir, mi producción como crítico) son mucho más amplios que los canales de circulación literaria (es decir, mi producción como escritor). Esta última situación está mejorando lentamente en Estados Unidos.
IM: Cuéntanos cuáles son tus proyectos editoriales a corto, mediano y largo plazo. ¿Qué novedades puedes compartirles a los lectores de La Ínter?
PB: Con mucho gusto. En términos de crítica, en el 2014 compilé una colección de ensayos de escritores sobre Julio Cortázar, Cortázar sampleado. 32 lecturas iberoamericanas y en el 2015 salió mi libro Borges. Cinco especulaciones. En estos momentos, estoy trabajando en algunos artículos críticos sobre cine latinoamericano y en un proyecto de libro sobre literatura, cine y tecnología en América Latina. En cuanto a la ficción, estoy terminando mi tercer libro de relatos, trabajando en traducir algunos de ellos al inglés, y tratando de retomar algo más largo que no me atrevo a clasificar todavía. En cuanto a Harry, le preguntaré.
IM: La fantasía, la ciencia ficción o la influencia de la literatura en la cultura son temas recurrentes en tus seminarios. ¿En qué punto crees que todos se encuentran con un microrrelato? ¿Cómo dirías que el género ha determinado estas manifestaciones?
PB: Son asuntos muy diferentes (de hecho, me interesa más la ambigüedad de lo fantástico que la fantasía pura), pero si se encontraran en un relato sería “El dinosaurio” de Augusto Monterroso. Es fantástico, es postapocalíptico, y cada vez que se lee abre un universo cultural. El microrrelato como género tiene su núcleo semántico y sintáctico en lo no dicho y por ello el papel del lector y de las intertextualidades e interdiscursividades es fundamental.
Un libro: La caída, de Albert Camus.
Una película: The Meaning of Life, de Monty Python.
Una comida: Los bocaditos de acelga que hacía mi abuela.
Un aroma: El pasto recién cortado.
Una ciudad: Dos. Mi ciudad en Europa: Ámsterdam; mi ciudad vital: Buenos Aires.
Una frivolidad: El discurso político me parece frívolo. Pero me interesa.
Un deseo: Paz. Individual y colectiva. Otro: que la selección argentina de fútbol salga campeona del mundo.
Un amor platónico: Linda Carter, la mujer maravilla. Cuando tenía doce años estaba enamorado de ella. Hoy me inclinaría por Salma Hayek.
Un secreto: Además de sangre italiana, española y vasco-francesa, ¡tengo sangre irlandesa!
Una preferencia (o no): Prefiero (no) morirme

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