Comité Editorial

17 de junio de 2016

Tres microrrelatos peruanos

LUDER

Gracias a su sobrino, un gran amigo, estamos cenando con Luder en un café de Bruselas. Más tarde, nos vamos a casa de mi amigo, bebemos algo de vino y agarramos unas guitarras. De pronto, Luder se pone a cantar un vals peruano de la guardia vieja que desconozco. Logro acompañarlo: la menor, mi mayor, re menor, tres tiempos.
Canta con voz gastada pero muy entonada, parece recordar bastante bien la letra. Al terminar de tocar, le pregunto —ingenuo— si es él quien ha compuesto el vals.

—No —me dice Luder —, si yo lo hubiera compuesto jamás lo cantaría.

Carlos Amézaga, Art brevis, vita longa, Lima, 2015.



BAILARINA

En el centro del escenario sólo está ella, la bailarina, de puntillas y con las piernas juntas; en su rostro frágil, se dibuja una sonrisa congelada. Con los brazos extendidos espera impaciente los primeros acordes del Danubio Azul. Empieza la música y la bailarina danza al compás del vals con giros armoniosos. En  ese instante, unas pequeñas manos cierran de golpe la cajita y cesa la música.

Maritza Iriarte, Aztiram, un mundo de brevedades, Lima, 2013.



FALTA DE PLANIFICACIÓN

La fila de niños marchaba ordenadamente por entre los árboles. Hipnotizados por la suave música, se adentraban en la espesura del bosque.
El músico sintió los estragos de la noche a pie, soplando y cambiando los dedos de posición, rebuscando en el repertorio de su memoria una tonada nueva, que mantuviese su magia vigente.
Al fin, el cansancio le ganó. Dejó de tocar, se sentó en un tronco seco.
Los niños despertaron, se miraron entre sí, examinaron los alrededores sin reconocer el frondoso paraje en el que se encontraban. 
El flautista los miró: yo y mi bocota, pensó.

César Klauer, La eternidad del instante, Lima, 2012.



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