LUDER
Gracias a su sobrino, un gran amigo, estamos
cenando con Luder en un café de Bruselas. Más tarde, nos vamos a casa de mi
amigo, bebemos algo de vino y agarramos unas guitarras. De pronto, Luder se
pone a cantar un vals peruano de la guardia vieja que desconozco. Logro
acompañarlo: la menor, mi mayor, re menor, tres tiempos.
Canta con voz gastada pero muy entonada, parece
recordar bastante bien la letra. Al terminar de tocar, le pregunto —ingenuo— si
es él quien ha compuesto el vals.
—No —me dice Luder —, si yo lo hubiera
compuesto jamás lo cantaría.
Carlos Amézaga, Art brevis, vita longa, Lima, 2015.
BAILARINA
En el centro del escenario sólo está ella,
la bailarina, de puntillas y con las piernas juntas; en su rostro frágil, se
dibuja una sonrisa congelada. Con los brazos extendidos espera impaciente los
primeros acordes del Danubio Azul. Empieza la música y la bailarina danza al
compás del vals con giros armoniosos. En
ese instante, unas pequeñas manos cierran de golpe la cajita y cesa la
música.
Maritza Iriarte, Aztiram, un mundo de brevedades, Lima, 2013.
FALTA DE
PLANIFICACIÓN
La fila de niños
marchaba ordenadamente por entre los árboles. Hipnotizados por la suave música,
se adentraban en la espesura del bosque.
El músico sintió los estragos de
la noche a pie, soplando y cambiando los dedos de posición, rebuscando en el
repertorio de su memoria una tonada nueva, que mantuviese su magia vigente.
Al fin, el cansancio le ganó.
Dejó de tocar, se sentó en un tronco seco.
Los
niños despertaron, se miraron entre sí, examinaron los alrededores sin
reconocer el frondoso paraje en el que se encontraban.
El flautista los miró: yo y mi
bocota, pensó.
César Klauer, La eternidad del instante, Lima, 2012.
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